*Cómo el movimiento trad-wife, el discurso MAGA y la idea de un solo voto por familia están convirtiendo la renuncia a los derechos de las mujeres en una virtud política.
El patriarcado aprendió una lección que tardó siglos en comprender. Descubrió que prohibir derechos genera resistencia, que encarcelar sufragistas las convierte en heroínas, que impedir a una mujer estudiar, trabajar, administrar su dinero o votar produce exactamente el efecto contrario: tarde o temprano alguien se levantará para exigir aquello que le fue negado.
Entonces cambió de estrategia; en lugar de arrebatar libertades, comenzó a vender la idea de que nunca fueron necesarias.
Y hay que reconocerlo: la campaña ha sido extraordinariamente eficaz.
Hoy, mientras millones de mujeres en el mundo siguen luchando por derechos tan elementales como estudiar, conducir un automóvil, abrir un negocio, decidir sobre su cuerpo o simplemente caminar sin miedo por una calle, en Estados Unidos ha comenzado a ganar fuerza un discurso que presenta la renuncia a esos mismos derechos como una forma superior de libertad. No llega envuelto en discursos de odio ni en manifiestos misóginos. Llega acompañado de vestidos de lino, pan recién horneado, cocinas impecables, bebés sonrientes y millones de reproducciones en TikTok e Instagram.
La escena parece inocente. Una mujer prepara el desayuno para sus hijos, habla de la importancia de la familia, de la maternidad, de Dios y de la paz que encontró al dejar atrás la vida profesional. Hasta ahí, nada tendría por qué escandalizar. Después de todo, el feminismo nunca luchó para impedir que una mujer eligiera quedarse en casa; luchó precisamente para que pudiera elegir. El problema aparece unos minutos después, cuando el discurso deja de ser doméstico y se convierte en político al vender que: el hombre debe volver a ser la cabeza del hogar, el feminismo destruyó a las familias, las mujeres serían más felices obedeciendo… y quizá nunca debieron tener una voz propia en las urnas.
Ahí termina el estilo de vida y comienza la ideología.
Durante años se nos hizo creer que el antifeminismo vestiría uniforme, levantaría la voz o intentaría imponer sus ideas por la fuerza. La realidad ha resultado mucho más sofisticada. El nuevo antifeminismo sonríe a la cámara, recomienda recetas de masa madre, habla de autocuidado y vende una estética cuidadosamente diseñada para despertar nostalgia por un tiempo que, curiosamente, fue mucho mejor para los hombres que para las mujeres.
Ese fenómeno tiene nombre: trad-wife, abreviatura de traditional wife (esposa tradicional). Y aunque no todas las mujeres que se identifican con él comparten posiciones políticas extremas, lo cierto es que una parte de este movimiento ha encontrado un cómodo refugio dentro del ecosistema del conservadurismo más radical estadounidense.
Esa conversación ya abandonó las redes sociales y llegó a los escenarios políticos. Hace apenas unas semanas, la Women’s Leadership Summit, organizada por Turning Point USA (TPUSA) en San Antonio, Texas, reunió a miles de mujeres jóvenes bajo un discurso que mezcló religión, patriotismo, maternidad y el regreso a los llamados valores tradicionales. No se trató de una reunión cualquiera. Turning Point USA es hoy una de las organizaciones más influyentes del movimiento Make America Great Again (MAGA) y uno de los principales semilleros del nuevo conservadurismo republicano.
Tras el asesinato de su fundador, Charlie Kirk, en 2025, la organización pasó a ser encabezada por su viuda, Erika Kirk, quien ha prometido continuar el proyecto político de su esposo. Sobre ese escenario también apareció Alex Clark, una de las influencers conservadoras más populares de Estados Unidos, con más de 800 mil seguidores en Instagram y una audiencia que se cuenta por millones entre podcasts y redes sociales. Clark ha construido buena parte de su influencia cuestionando al feminismo contemporáneo y defendiendo una visión tradicional de la familia. A su lado estuvo Savanna Faith Stone, identificada con el movimiento trad-wife, quien ha defendido públicamente la autoridad masculina dentro del matrimonio y ha expresado que las mujeres podrían prescindir del voto si ello ayudara a construir una sociedad basada en principios cristianos conservadores.
No todas las asistentes compartían esas posturas. No todas las mujeres republicanas piensan igual, y sería intelectualmente deshonesto sugerirlo. Pero sí existe un sector cada vez más visible que sostiene que la representación política de una mujer puede quedar contenida en la de su marido, bajo la idea del household voting, o “voto por hogar”: una familia, una sola voz, un solo voto.
Y ahí fue cuando dejé de pensar en TikTok. Pensé en Susan B. Anthony, en Elizabeth Cady Stanton, en Alice Paul y en miles de mujeres cuyos nombres nunca aparecerán en los libros de historia. Pensé en aquellas sufragistas que marcharon durante décadas, soportaron insultos, fueron encarceladas, golpeadas y sometidas a alimentación forzada durante huelgas de hambre para conseguir algo que hoy algunas consideran prescindible.
El 18 de agosto de 1920, Estados Unidos ratificó la Decimonovena Enmienda y reconoció el derecho constitucional de las mujeres al voto. Pero incluso esa victoria estuvo lejos de ser completa. Durante décadas, muchas mujeres afroamericanas continuaron enfrentando barreras raciales para ejercer ese derecho hasta la aprobación de la Ley de Derecho al Voto de 1965.
La ciudadanía femenina nunca fue un regalo, fue una conquista.
Y tampoco terminó ahí. Durante buena parte de la historia estadounidense, una mujer casada no podía controlar plenamente sus bienes ni firmar contratos bajo la doctrina jurídica de la coverture, que absorbía gran parte de su identidad legal dentro de la de su esposo. Aunque algunas podían abrir cuentas bancarias, muchas seguían enfrentando discriminación financiera hasta que en 1974 la Equal Credit Opportunity Act (Ley de Igualdad de Oportunidades de Crédito) prohibió negar crédito por razón de sexo o estado civil. Y apenas en 2022, la Suprema Corte eliminó la protección constitucional al derecho al aborto al revocar Roe vs. Wade, recordándole al mundo que ningún derecho es irreversible.
Quizá por eso resulta tan inquietante escuchar a mujeres defender la renuncia voluntaria a su propia voz política; no porque exista un riesgo inmediato de eliminar el sufragio femenino, sino porque toda erosión democrática comienza exactamente igual: primero se instala como una conversación absurda, después se normaliza, más tarde se convierte en una propuesta legítima y, cuando la sociedad reacciona, ya ha recorrido demasiado camino.
Es imposible no pensar entonces en Margaret Atwood y en The Handmaid’s Tale (El Cuento de la Criada). La autora canadiense ha insistido una y otra vez en que no inventó ninguna de las formas de opresión que aparecen en su novela; todas existieron en algún momento de la historia. ‘Gilead’ no surgió de la noche a la mañana, sino que fue el resultado de pequeñas renuncias, de libertades sacrificadas en nombre del orden, de la religión, de la familia o de la moral. Y también de mujeres que ayudaron a convencer a otras de que obedecer era más seguro que decidir.
Quizá esa sea la mayor ironía de nuestro tiempo.
Las sufragistas lucharon para que ninguna mujer necesitara el permiso de un hombre para tener voz en la democracia, y un siglo después, algunas influencers utilizan precisamente esa libertad para convencer a millones de jóvenes de que la igualdad fue un error y de que la obediencia puede ser una aspiración política.
El gran triunfo del patriarcado nunca fue convencer a los hombres de que las mujeres eran inferiores, sino persuadir a algunas mujeres de que la libertad había sido una mala idea.
Porque los derechos rara vez desaparecen de un día para otro, antes se vuelven incómodos, después alguien los presenta como un exceso, y más tarde aparecen quienes aseguran que renunciar a ellos es una decisión personal. Y un día descubrimos, demasiado tarde, que aquello que costó generaciones conquistar comenzó a perderse no por imposición, sino por seducción.
Y pocas seducciones son tan peligrosas como aquella que logra que una persona entregue voluntariamente aquello por lo que otras estuvieron dispuestas a dar la vida.
Más de la autora: No fue el futbol. Fue él.




