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Monday, April 6, 2026
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Generación pantalla y el costo de crecer conectados

 

Ya no hace falta prender la televisión para entrar al mundo digital: basta con mirar una mesa familiar, una fila del supermercado o el asiento trasero de un auto. El celular dejó de ser objeto y la tableta dejó de ser novedad; hoy son extensión de la mano, chupón emocional, niñera portátil, reloj de insomnio y refugio instantáneo para niños, adolescentes y adultos. Y es que, el problema ya no es que existan, sino el uso indiscriminado que se ha vuelto rutina, paisaje y, con demasiada frecuencia, sustituto de casi todo lo demás.

Mi sobrina tiene 7 años y es adicta. Suena brutal decirlo así, sobre todo cuando no hay una sustancia de por medio, sino una pantalla. Todo lo que entra y sale de ella. Su madre asegura que ha instalado todos los controles parentales posibles en su tableta y en su celular —porque sí, tiene ambos, y de última generación—, pero el problema no es el filtro, es la dependencia. Desde que pudo sostener un dispositivo, lo ha usado. Videos diseñados para niños han sido parte de su rutina diaria. Es una niña despierta, inteligente, creativa… pero también irritable, desafiante, propensa al berrinche, a exigir gritando lo que quiere. Y la pregunta es inevitable: ¿tendrá que ver?

La evidencia sugiere que no es una coincidencia.

Un reporte de Common Sense Media documenta que los niños menores de 8 años pasan en promedio más de dos horas diarias frente a pantallas, mientras que la World Health Organization recomienda que los menores de 2 años no tengan exposición y que los de 2 a 4 años no superen una hora diaria. El desarrollo en esa etapa, advierten expertos, depende del juego físico, la interacción humana y el descanso, no de la estimulación constante de una pantalla.

The American Academy of Pediatrics ha sido clara al señalar que el problema no es solo cuánto tiempo pasan los niños frente a dispositivos, sino qué actividades están siendo desplazadas. 

Porque, cuando la pantalla sustituye la conversación, el juego libre o incluso el aburrimiento —ese espacio necesario para imaginar—, las consecuencias empiezan a aparecer.

Con los adolescentes, el impacto es aún más visible. El Centers for Disease Control and Prevention ha señalado que más de la mitad pasa al menos cuatro horas al día frente a pantallas, una exposición asociada con peores indicadores de sueño, salud mental y actividad física. 

A ello se suma la advertencia del Cirujano General de Estados Unidos: hasta 95 por ciento de los adolescentes usa redes sociales, en un entorno donde la evidencia sobre su seguridad sigue siendo insuficiente.

Pero el fenómeno no termina ahí.

Los adultos también están atrapados en la misma lógica. Un estudio publicado en JAMA Network Open encontró que el uso de pantallas antes de dormir se asocia con peor calidad de sueño, mientras que investigaciones recientes muestran que reducir el uso del celular mejora síntomas de estrés, ansiedad y depresión. Es decir, no solo los niños están siendo moldeados por las pantallas; los adultos que los crían también.

Y ahí está el punto más incómodo. No estamos frente a una generación que “se perdió” en la tecnología, sino a adultos que, por cansancio, prisa o necesidad, cedieron terreno. La tableta que calma, el celular que entretiene, el video que compra silencio. Soluciones inmediatas que, con el tiempo, construyen dependencia.

Porque la pantalla no solo distrae, regula emociones. Enseña que el aburrimiento es intolerable, que la espera es innecesaria, que el estímulo debe ser constante. Y cuando ese estímulo falta, aparece la frustración, el berrinche, el grito.

Nada de esto significa que la tecnología sea el enemigo. Sería simplista y falso. Las pantallas también educan, conectan y abren posibilidades. El problema es cuando dejan de ser herramienta y se convierten en entorno permanente.

Cuando eso ocurre, la pregunta deja de ser cuántas horas pasan frente a la pantalla y pasa a una más incómoda y urgente: ¿quién está educando a quién?

 

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Pamela Cruz
Pamela Cruz
Editor-in-Chief of Peninsula 360 Press. A communications expert by profession, but a journalist and writer by conviction, with more than 10 years of experience in the media. Specialized in medical and scientific journalism by Harvard and winner of the International Visitors Leadership Program scholarship from the U.S. government.