La personalidad de Donald J. Trump constituye uno de los fenómenos más estudiados y analizados de la política contemporánea. Su estilo de liderazgo y comportamiento público han atraído la atención constante no solo de la ciudadanía, sino de académicos, psicólogos y profesionales de la salud mental.
Este interés va más allá de la simple atención mediática, responde a la necesidad de comprender cómo las características individuales de un líder impactan en las decisiones de Estado, el discurso público y la convivencia social. No obstante, realizar esta lectura a distancia exige cuidado analítico para no caer en el diagnóstico fácil o la descalificación política.
En la psicología moderna, el estudio del narcisismo patológico y la personalidad en la esfera pública encuentra en su figura un caso emblemático. Como señala el psicólogo y profesor de la Universidad Northwestern, Dan P. McAdams (2016), dar sentido a la personalidad de Donald Trump representa un desafío fascinante y, al mismo tiempo, una trampa psicológica para el observador de nuestro tiempo.
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) define el Trastorno de la Personalidad Narcisista como un patrón dominante de grandeza (en la fantasía o en el comportamiento), necesidad de admiración y falta de empatía. Al contrastar los criterios clínicos del DSM-5 con las conductas públicas de Trump, es posible rastrear cómo se manifiestan estos rasgos en el ejercicio del poder.
Criterios del DSM-5 y su Evidencia en la Conducta Pública de Trump
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Sentimiento de Grandeza y Prepotencia
El DSM-5 señala que el individuo narcisista exagera sus logros y talentos, esperando ser reconocido como superior sin tener éxitos proporcionados. Esta magnificación de las propias capacidades no se limita a un rasgo de autoestima alta, implica una distorsión sistemática en la que el sujeto se atribuye méritos extraordinarios y descalifica cualquier indicador objetivo que contradiga su narrativa de grandeza.
Donald Trump ha expresado públicamente en repetidas ocasiones que es el mejor presidente en la historia de los Estados Unidos, comparando su popularidad y trascendencia con figuras históricas. Esta autopercepción inflada llegó al extremo de difundir una imagen generada con inteligencia artificial en sus redes sociales donde se le equipara implícitamente con Jesucristo.
Asimismo, alardea de habilidades extraordinarias sin sustento real. Por ejemplo, al proclamarse hábil para los idiomas a pesar de expresarse únicamente en inglés, o al generar controversia en reuniones con líderes de América con frases como: “No voy a aprender su maldito idioma” (Melgoza, 2026).
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Absorción en Fantasías de Éxito Ilimitado y Poder
El sujeto narcisista está constantemente preocupado por fantasías de éxito, poder, brillantez o belleza ilimitada. En este sentido, Trump ha transformado la comunicación presidencial mediante el uso masivo e ininterrumpido de redes sociales. Como documentan Michael D. Shear y colaboradores (2019) en El New York Times, Trump transformó la presidencia emitiendo en su primer mandato más de 11,000 tuits destinados a ensalzar su figura, proyectar omnipotencia y atacar a sus opositores.
Un ejemplo claro de estas dinámicas de validación es su pretensión pública de obtener el Premio Nobel de la Paz. Cuando no le fue otorgado, declaró abiertamente que ya no le importa la paz, dejando ver que el objetivo no era el beneficio global, sino el reconocimiento personal.
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Creencia de ser “Especial” y Necesidad de Adulación Extrema
Según el DSM-5, la persona narcisista exige una admiración excesiva y cree que solo puede relacionarse o ser comprendido por personas o instituciones especiales o de alto estatus. Jairo Villasmil (2025), conocido por sus publicaciones académicas sobre el impacto de los rasgos psicosociales y de personalidad en entornos laborales, explica que el narcisista busca afiliarse con instituciones o personas “especiales”, requiriendo ser elogiado continuamente para regular su frágil autoestima.
Esta necesidad se refleja en la jactancia insistente sobre sus capacidades cognitivas. Como reporta Gina Kolata (2020), Trump declaró repetidamente haber “superado” la Evaluación Cognitiva de Montreal (MoCA) desarrollada por el neurólogo Ziad Nasreddine (2018). Presumió recordar secuencias sencillas de palabras (persona, mujer, hombre, cámara, TV) como si fuera una prueba de genialidad, cuando en realidad se trata de un instrumento diseñado para la detección precoz de deterioro cognitivo o demencia leve en adultos mayores.
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Carencia de Empatía
El DSM-5 define la falta de empatía como la incapacidad o indisposición para reconocer o identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás. Esta característica se advierte en sus políticas y retórica migratoria, caracterizadas por la separación de familias e infantes estadounidenses de sus padres, y por un lenguaje que deshumaniza a los migrantes al referirse a ellos como aliens o delincuentes.
En el ámbito internacional, esta frialdad estratégica se evidencia en sus discursos sobre erradicar naciones enteras o borrar del mapa a países como Corea del Norte, o sus comentarios sobre la destrucción de la civilización en Irán.
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Muestra de Comportamientos Arrogantes y Devaluación del Otro
El manual señala que el narcisista frecuentemente muestra actitudes arrogantes, devalúa a los demás y reacciona con condescendencia. El DSM-5 ilustra esto con conductas como quejarse de la “estupidez” de los subordinados o descalificar el trabajo técnico de profesionales. En Trump, esto se refleja en su trato a la prensa y los periodistas que cuestionan sus actos, a quienes descalifica constantemente.
El patrón de desvalorización también se aplica a sus aliados más cercanos. Tras haber recibido un apoyo financiero multimillonario por parte de Elon Musk durante su campaña, Trump llegó a sugerir públicamente la posibilidad de deportarlo cuando surgieron discrepancias. Del mismo modo, colaboradoras que le fueron fieles como Pam Bondi o Kristi Noem quedan expuestas a la descalificación pública e inmediata en cuanto sus acciones rozan la molestia del mandatario.
Deterioro Cognitivo, Comorbilidades y la “Personalidad de un Alcohólico”
El perfil psicológico de Trump se vuelve aún más complejo al considerar otros factores clínicos y neurológicos. Diversos especialistas en salud mental, coordinados por Jerome L. Kroll (2018) en la obra “El peligroso caso de Donald Trump: 27 psiquiatras y expertos en salud mental evalúan a un presidente”, han advertido sobre los riesgos de que una persona con este perfil ocupe el cargo con mayor poder del mundo.
A este cuadro se suman las observaciones del médico Héctor L. Frisbie (en intervenciones de análisis público), quien ha planteado que los cambios conductuales del expresidente (fluctuaciones en el lenguaje, pérdida del hilo discursivo y desinhibición) podrían ser compatibles con signos de demencia frontotemporal. Esta condición altera el control de los impulsos y la conducta social. Dan P. McAdams (2023) analiza el estilo discursivo de Trump como una estructura donde se sale de contexto constantemente para hablar bien de sí mismo por lapsos desproporcionados.
Por otro lado, la propia jefa de gabinete de Trump, Susie Wiles, declaró que el presidente presenta “la personalidad de un alcohólico” (Jaramillo, 2025). A pesar de ser abstemio de bebidas embriagantes, el informe periodístico destaca cómo sus patrones compulsivos, su absolutismo emocional y la ingesta masiva de estímulos (como el consumo documentado por The New York Times (2017) de 12 latas diarias de Diet Coke) reflejan la estructura conductual de una adicción sin sustancia.
El afán del presidente por estampar su apellido en edificios, torres, marcas y leyes abre la puerta a una discusión fascinante: la concentración de diversas patologías y trastornos en un mismo individuo, un fenómeno que en medicina se conoce como comorbilidad. Ante esta marcada tendencia de plasmar su sello en todo lo que encabeza, no resultaría descabellado proponer, incluso a modo de metáfora clínica, bautizar con su propio apellido a esa comorbilidad específica que logre abarcar todo el abanico de psicopatologías que en él se concentran.
Un análisis clínico más exhaustivo podría identificar elementos aún más profundos. Este ejercicio evoca lo planteado en el célebre documental “La corporación”, basado en la obra de Joel Bakan, el cual evalúa el comportamiento de las organizaciones modernas bajo criterios diagnósticos para concluir que operan con rasgos propios de un psicópata. Al examinar la conducta pública de Trump (su desprecio por las normas, la instrumentalización de las personas, la ausencia de remordimiento y la manipulación constante) existen razones sólidas para discutir la inclusión de la psicopatía (o trastorno de la personalidad antisocial) dentro de su cuadro clínico.
Resulta terriblemente fascinante cómo la figura de una sola persona puede concentrar tal diversidad de manifestaciones clínicas, convirtiéndose en un caso de estudio idóneo para la exploración de las psicopatologías en el ejercicio del poder político.
La Relación Colectiva: El Fenómeno del Abuso Narcisista a Nivel Social
El impacto de una personalidad narcisista no se limita a su individualidad, sino que degrada profundamente el entorno que le rodea. Como señala la psiquiatra y autora de tres bestsellers, Marian Rojas Estapé, convivir o estar vinculado a una personalidad con estas características enferma a quienes le rodean. Rojas Estapé explica que las víctimas de una persona narcisista suelen requerir múltiples intentos para poder cortar el vínculo de forma definitiva.
Esta dinámica relacional ofrece una analogía sobre el comportamiento electoral estadounidense: la ciudadanía votó por Trump, posteriormente intentó romper ese vínculo al elegir a Joe Biden en 2020, para finalmente reanudar la relación al reelegirlo en 2024.
Gaslighting, Aislamiento y Clima Organizacional
Las dinámicas descritas en la literatura clínica coinciden de manera notable con la forma en que Trump ejerce el poder público e internacional:
- Hacer dudar de la realidad (Gaslighting): En el ámbito clínico, la Dra. Adriana Fallas (2025) explica que el narcisista utiliza la manipulación y la mentira sistemática para que la víctima dude de su propia percepción de la realidad. A escala nacional, las constantes declaraciones falsas o contradictorias de Trump buscan reescribir los hechos y hacer que la opinión pública cuestione lo evidente. Cuando fue increpado en una conferencia al ser llamado “protector de pedófilos”, le bastó con tildar al acusador de “comunista” para desviar la atención y ser ovacionado por sus seguidores.
- Aislamiento de las Redes de Apoyo: Como advierte Fallas (2025), el narcisista busca aislar a su víctima de su entorno protector. A nivel geopolítico, Trump ha debilitado de forma sistemática las alianzas históricas con países europeos de la OTAN. Un ejemplo claro fue su postura hacia España, a la que amenazó con la ruptura de relaciones comerciales argumentando que era “una causa perdida y un socio terrible” por no secundar sus decisiones bélicas (Amerise, 2026). Sin embargo, semanas después, buscó protagonismo público intentando figurar en las fotografías de la selección española tras su campeonato futbolístico.
- Deterioro del Clima y la Comunicación: Jairo Villasmil (2025) señala que los perfiles narcisistas destruyen la confianza, enrarecen la comunicación e introducen un estado de estrés crónico e impredecibilidad en sus equipos. Maggie Haberman, Glenn Thrush y Peter Baker (2017) describieron este fenómeno en su reportaje sobre el funcionamiento interno de la Casa Blanca, caracterizada por las filtraciones, la rivalidad encarnizada y la inestabilidad institucional.
En conjunto, estas conductas demuestran que el ejercicio del poder bajo una lógica narcisista no solo afecta la toma de decisiones individuales, sino que genera un entorno de tensión constante. Al desarticular las redes de apoyo, distorsionar la verdad y deteriorar el clima interno de sus equipos, se consolida una estructura donde la única certeza posible pasa a ser la lealtad incondicional al líder.
El Perfil de los Seguidores y la Resistencia a la Frustración
Analizar el fenómeno del trumpismo requiere entender las necesidades de sus votantes. Este análisis no pretende juzgar u ofender a los ciudadanos que le otorgaron su voto, sino comprender la psicología de las masas.
Muchos seguidores (incluidos grupos de votantes latinos o de clase trabajadora que han sido blanco de sus descalificaciones) no apoyan a Trump por malicia, sino movidos por un profundo afán de pertenencia y por la búsqueda de una figura de autoridad fuerte que proyecte seguridad. Como expone la reseña de Peter Conrad (2020) sobre el libro de Mary L. Trump (Too Much and Never Enough), el estilo del mandatario explota las carencias emocionales y la polarización social para ofrecer un sentido de identidad compartida frente a una élite percibida como distante.
Sin embargo, la intolerancia del perfil narcisista a la derrota electoral se manifestó con claridad tras las elecciones de 2020, cuando sus partidarios asaltaron el Capitolio de los Estados Unidos. Esta retórica destructiva reaparece ante posibles reveses electorales en noviembre, manteniendo en constante tensión la estabilidad democrática. Cabe mencionar que hasta la fecha, el presidente de los Estados Unidos se ha negado a reconocer su derrota en las elecciones del 2020.
La Posibilidad de Sanar: Volver a una Ciudadanía Participativa
La especialista en recuperación de abuso narcisista, Julie L. Hall (2021), destaca seis principios para superar las secuelas de este tipo de dinámicas. Entre ellos se encuentran: romper la negación, reconocer que la falta de empatía del narcisista no va a cambiar y atravesar el dolor de la desilusión para recuperar la autonomía.
Llevado al terreno de la sociedad y la política, este proceso de sanación implica que la población defraudada (desde ciudadanos latinos hasta republicanos tradicionales desilusionados) comprenda que la salida no radica en la apatía ni en la dependencia de un líder absolutista.
La superación de una relación colectiva tóxica requiere transitase hacia una ciudadanía más informada, crítica y participativa. Sanar el tejido social exige fortalecer las instituciones democráticas, reestablecer el diálogo comunitario sin descalificaciones e insistir en que el ejercicio del poder público debe estar al servicio del bienestar colectivo y no de la satisfacción del ego individual.
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