
Las comunidades de la diáspora en Estados Unidos están desempeñando un papel cada vez más visible en los debates sobre política exterior, inmigración, democracia y conflictos internacionales, pero también enfrentan profundas divisiones internas y contradicciones que impactan el debate público.
Así lo señalaron especialistas durante una sesión organizada por American Community Media, donde se señaló que las diásporas se describen a menudo como bloques de votación o comunidades, pero también son actores políticos con influencias, divisiones internas y a veces contradicciones.
El profesor de Política y Relaciones Internacionales de Florida International University, Eduardo Gamarra, explicó que la diáspora cubana consolidó su peso político en Estados Unidos a partir de la década de 1980, cuando el Partido Republicano fortaleció sus vínculos con una comunidad marcada por el rechazo a la respuesta demócrata tras la invasión de Bahía de Cochinos.
“Los cubanos son los grandes beneficiarios de una política de inmigración muy, muy expansiva, pero hoy lo que vemos es la alineación de los cubanos con políticas de inmigración muy restrictivas”, afirmó.
El académico señaló que esa contradicción también se refleja en temas sociales y mencionó que en zonas como Hialeah existen altos niveles de uso de programas como Obamacare, Medicare and Medicaid, mientras que esos mismos electores han respaldado ampliamente a Donald Trump.
Según Eduardo Gamarra, esa aparente contradicción comienza a tensarse ahora que parte de esos votantes y sus familias enfrentan recortes sociales o medidas migratorias más duras. “Hay una frustración creciente entre los cubanos con la administración de Trump”, dijo.
Sobre la diáspora venezolana, sostuvo que inicialmente tendió a simpatizar más con el Partido Demócrata, pero que ese patrón cambió cuando Trump prometió “máxima presión” contra el gobierno de Nicolás Maduro.
“Lo que hemos visto, por supuesto, es este apoyo para los demócratas antes y luego esta gravitación en serio hacia Donald Trump a base de las promesas que Donald Trump tendría para derrotar al régimen”, explicó.
Sin embargo, añadió que las políticas migratorias recientes han provocado una ruptura dentro de esa comunidad, especialmente entre ciudadanos estadounidenses y familiares de migrantes amparados por TPS o parole humanitario.
“El 70 por ciento de aquellos que dijeron que no votarían por Trump… tienen a un relativo que estaba en TPS o en un paro humanitario”, indicó.
Por su parte, el profesor emérito de Antropología de la Universidad de Minnesota, William O. Beeman, describió a la diáspora iraní en Estados Unidos como una comunidad mayoritariamente opuesta al actual régimen religioso en Irán, pero dividida entre distintos sectores políticos surgidos desde la revolución de 1978-1979.
“Los iraníes en la diáspora son casi completamente opuestos al régimen religioso actual”, afirmó al tiempo que explicó que esa postura ha acercado a buena parte de la comunidad al Partido Republicano, bajo la expectativa de que una administración conservadora impulse un cambio de régimen en Teherán.
También sostuvo que entre sectores de la diáspora persiste la creencia de que el expresidente Jimmy Carter fue complaciente con el ascenso del régimen islámico: “Es una creencia muy amplia en la comunidad iraní”.
William O. Beeman subrayó, sin embargo, que la identidad cultural persa sigue siendo central entre los iraníes fuera de su país.
“Están profundamente comprometidos a la cultura persiana y su deseo y enfermedad de casa para Irán y para su hogar y para la cultura persiana es palpable”, señaló al referirse a las celebraciones de Nowruz, las clases de lengua y las fundaciones culturales creadas en Estados Unidos.
Al hablar del peso político de esa diáspora, afirmó que su influencia es menos electoral que financiera.
“Las contribuciones de la comunidad iraní a la vida política han sido muy, muy financieras”, dijo, al sostener que buena parte de los recursos se canalizan hacia causas y campañas republicanas.
La activista, autora y fundadora del Vincent Chin Institute, Helen Zia, amplió la discusión al caso asiático-estadounidense y advirtió que las diásporas no deben entenderse como bloques homogéneos, sino como comunidades atravesadas por diferencias de clase, generación, país de origen y experiencia migratoria.
“Ninguna de estas comunidades es monolítica”, subrayó.
Helen Zia vinculó la experiencia histórica de los asiáticos en Estados Unidos con procesos de exclusión, instrumentalización política y racismo, desde la Ley de Exclusión China de 1882 hasta el aumento de ataques de odio durante la pandemia de COVID-19.
“Cuando la política de Estados Unidos-Asia-China desarrolla un toque o un frío, asiáticas-americanas reciben la neumonía”, afirmó, al advertir que las tensiones geopolíticas suelen traducirse en sospecha y violencia doméstica contra personas percibidas como extranjeras.
Zia recordó que por décadas los asiáticos fueron excluidos de la ciudadanía, del voto, de la propiedad y hasta del derecho a testificar en tribunales, y alertó que debates actuales sobre ciudadanía por nacimiento podrían reabrir viejas heridas legales y sociales.
La periodista también pidió a los medios comunitarios y étnicos no simplificar la cobertura de estos grupos: “No vean nuestras comunidades como monolíticas”, insistió. “Hay cosas generales que decir sobre ellas, pero también hay historias específicas que realmente pueden elevar a nuestras comunidades”.
Durante el foro, los especialistas coincidieron en que las diásporas no solo reaccionan a lo que ocurre en sus países de origen, sino que también son utilizadas por gobiernos, partidos y actores políticos para alcanzar objetivos electorales o geopolíticos en Estados Unidos.
“Las comunidades diásporas son instrumentales, absolutamente instrumentales en alcanzar objetivos de política extranjera”, afirmó Eduardo Gamarra.
Finalmente, destacaron que, en un momento de creciente polarización, las comunidades migrantes se han convertido en actores centrales de la conversación política estadounidense, aunque su papel sigue marcado por tensiones entre identidad, memoria, intereses partidistas y poder transnacional.
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