Texto y fotos Manuel Ortiz Escámez
Video Arevik Acopian y Manuel Ortiz E.
Colaboración en texto de Pamela Cruz
Transcurre un fría tarde de domingo en el Macarthur Park de Los Ángeles, California. Hay un fuerte olor a orines, basura y drogas quemadas. Se escuchan gritos delirantes de gente que pelea con fantasmas.
En su mayoría hombres, y alguna que otra mujer, deambulan entre las palmeras, los andadores y las calles aledañas, con la mirada desorbitada y la boca abierta. Algunos van lentos y encorvados, incluso llegan a quedarse inmóviles con el torso colapsado, the fentanyl bend, la típica postura de apariencia zombie, de quienes han sucumbido ante el poderoso fentanilo.
Macarthur Park se ubica al oeste de Los Ángeles, en el densamente poblado vecindario Westlake, habitado principalmente por inmigrantes latinoamericanos. Tiene una extensión de 35 acres cruzados por el bulevar Wilshire y cuenta con un gran lago artificial.
Lo que un día se pensó como un oasis urbano para las familias de clase trabajadora residentes en Westlake, se transformó en territorio de pandillas, tráfico de drogas y venta de artículos robados, así como un refugio para personas sin hogar. Sin embargo, al no tener otra opción, algunas familias de escasos recursos aún usan el parque para descansar y llevar a sus hijos a jugar.



Como todos los domingos, minutos antes de que la penumbra cubra por completo el Macarthur Park, micrófono en mano, frente a una pequeña multitud que lo escucha con atención y visibles muestras de penuria en el rostro, Edie Baltazar predica el evangelio al aire libre.
Baltazar habla desde la empatía. Le suplica a sus escuchas dejar las drogas y el alcohol, poniéndose a él mismo como un pecador más. “Yo soy tan pecador como cualquiera de ustedes. Somos iguales. Sé lo que te duele, sé lo que te atrae, porque yo he estado ahí”.
El mensaje cala hondo. Escurren lágrimas en el rostro de algunos. “En el camino de Jesús, ya no eres malo. Si no haces el bien, tampoco haces el mal”, refuerza Baltazar, quien aclara que él no tiene el apoyo económico de ninguna iglesia, por lo que trabaja fuerte de lunes a viernes para poder estar aquí.
“Hermano, duele decirte, aquí hemos visto cómo gente viene y mata a otros. Sin tocarse el corazón pum, pum, pum, tres tiros y mueren enfrente de nosotros. Hemos visto morir a muchos en este parque, y Jesús murió por todos nosotros”, narra Baltazar, quien refuerza el mensaje: “nadie tiene el derecho a quitarle la vida a otro ser humano, solo Dios”.


En otra sección del Macarthur Park, el barbero Jack realiza de manera gratuita, estilizados cortes de cabello a la población del parque. Es amable y proyecta concentración, profesionalismo y pasión por su labor, el cual realiza afiliado a la organización sin fines de lucro Feed The People, cuya misión es alimentar y brindar servicios sociales a personas sin hogar.
“En este parque hay muchas personas que carecen de vivienda y de muchos servicios. Para mí, es muy satisfactorio lo que hago porque le brinda confianza a las personas en sí mismas, les permite verse como son”, cuenta Jack mientras pasa la rasuradora con precisión quirúrgica por la cabellera de Germán.
“Yo iba pasando y vi que estaban cortando el cabello y dándole comida a la gente. Es una labor extraordinaria. Esto es lo que yo llamo contribuir con la comunidad, un corte de cabello a la vez”, dice Germán. “Me di cuenta de que este chico [Jack] hace un excelente trabajo, así que me animé”.
– ¿Qué significa esto para ti? Le pregunto a Germán.
“Aprecio mucho lo que hacen aquí. Significa compasión por la gente. No todo el mundo tiene las posibilidades que pobablemente tienes tú o tengo yo. Ayudar a las personas es satisfactorio. Yo quiero ser voluntario si me lo permiten”.


El Consulado General de México, en Los Ángeles, se localiza frente al Macarthur Park en la intersección de las calles 6th y South Park View. Esta es una de las razones por las que una gran cantidad de inmigrantes mexicanos transitan por el parque entre semana.
Aunado, el espacio tiene una estrecha relación con la inmigración centroamericana, cuenta Raúl Claros, un político latinoamericano, nacido en Estados Unidos, candidato al Concilio del Distrito 1 en la ciudad de Los Ángeles, al que pertenece Macarthur Park.
La familia de Claros es de origen salvadoreño, y al igual que muchos otros de sus connacionales, su padre llegó al vecindario Westlake en los 80 huyendo de la guerra en su país. Fue un conflicto ocasionado en parte por la intervención de Estados Unidos, asegura Claros, y en ello coinciden historiadores del periodo.
Al filo de la noche, entre penumbras, atravieso con Claros los senderos del Macarthur Park. El ambiente es tenso. Un hombre blanco y joven, que camina de prisa arrastrando el pie derecho, se acerca para intentar vendernos con urgencia un tostador de pan en diez dólares.
Claros señala que en el Macarthur Park muere mucha gente, ya sea por sobredosis, porque se ahogan en el lago, o por asesinato. “¿Tú crees que aquí puedo traer a mi hija a pasear? ¿Crees que las familias trabajadoras se sienten seguras y cómodas en este parque? No. El lugar vale mucho, pero ahora es un desastre”. dice Claros.
Resulta obvio su arraigo y profundo conocimiento del Macarthur Park; lo siente como algo suyo, de su barrio, de su comunidad, algo que ha sido mancillado y debe ser rescatado, por eso su candidatura al Distrito 1.

Claros considera que quienes han dañado al Macarthur Park no solo son las pandillas, los vendedores de drogas o quienes defecan en sus senderos, sino también las malas decisiones de políticos locales y, por si fuera poco, el gobierno federal con su reciente redada.
Al mediodía del lunes 7 de julio de 2025, docenas de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), con armas largas, vehículos tácticos y caballos, realizaron una aparatosa y violenta redada en el Macarthur Park.
La redada, de acuerdo con Claros, no fue para perseguir criminales. Al contrario, afirma que el operativo militar del ICE tuvo como fin amedrentar a la comunidad inmigrante latinoamericana, mientras que a los verdaderos criminales, que existen y se disputan el Macarthur Park, no les hicieron nada.
Claros tiene una larga trayectoria de servicio comunitario en este parque, pero está cansado de atestiguar el fracaso de la política pública en el lugar. Por ende, ha asumido una postura radical y, de ganar la candidatura del Distrito 1, promete que se irá a vivir al parque en su casa rodante durante los primeros 100 días de su mandato.
Cabe señalar que las elecciones de Los Ángeles de 2026 se celebrarán el 2 de junio. Los votantes elegirán a los candidatos en una primaria no partidista, con posibles elecciones de segunda vuelta programadas para el 3 de noviembre de 2026.
Aquí no hay soluciones rápidas ni finales felices. No hay milagros. Lo que hay son actos mínimos, insistentes, casi invisibles: una palabra, un corte de cabello, una presencia que se queda cuando todos se han ido. En un territorio marcado por la violencia y la droga, estos gestos no curan el parque, pero sostienen a quienes aún caminan en él.
El MacArthur Park sigue herido. Pero mientras alguien predique sin cobrar, corte el cabello sin pedir nada a cambio o se atreva a reclamar lo que le pertenece a su comunidad, el abandono no será total. En medio del caos, estos sanadores no prometen salvarlo todo. Prometen algo más difícil: no rendirse.
Esta historia fue producida por Península 360 Press en colaboración con American Community Media y el Laboratorio de Estrategias Narrativas Ambientales (LENS) de la UCLA, como parte de la iniciativa “Ciudades Estadounidenses Verdes”, apoyada por el Fondo Bezos para la Tierra. Lea más historias como esta en la página principal de “Comunidades Verdes”
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