En 1951, la psicología demostró algo inquietante: un individuo es capaz de negar lo que ven sus propios ojos con tal de no contradecir la opinión de un grupo. En su célebre estudio, Solomon Asch colocó a participantes en una sala con actores instruidos para dar respuestas deliberadamente incorrectas sobre la longitud de unas líneas visuales. Sorprendentemente, la mayoría de los sujetos cedió ante la presión social y afirmó que una línea claramente más corta era idéntica a otra más larga simplemente para encajar con lo que percibían como la postura mayoritaria.
Hoy, esa sala de laboratorio se ha trasladado al espacio digital. En las redes sociales, las granjas de cuentas automatizadas e inteligencia artificial imitan a esos actores del experimento de Asch, construyendo un acuerdo artificial para dirigir la conducta y el voto de la ciudadanía.
La minoría que fabrica a la mayoría
¿Cómo es posible que un grupo reducido de magnates, multimillonarios o grupos extremistas logre implantar su visión del mundo sobre millones de personas? La respuesta se encuentra en la teoría de la influencia de las minorías desarrollada por Serge Moscovici.
A diferencia de la presión de la mayoría analizada por Asch (donde el individuo cede por el deseo de encajar) Moscovici demostró que un grupo pequeño pero firme puede alterar la norma social no por la fuerza del número, sino por su capacidad para generar duda e introducirse en la agenda pública. La clave del éxito de una minoría no radica en cuántos son, sino en cómo comunican su postura frente a una mayoría indiferente o pasiva.
De acuerdo con los análisis del especialista en psicología social Saul McLeod (2026), de la Universidad de Mánchester, Moscovici explicó que una minoría no necesita ser numerosa para transformar a la sociedad, siempre que mantenga una consistencia inflexible y repetitiva en su mensaje.
En la era moderna, esta consistencia diacrónica y sincrónica no requiere esfuerzo humano masivo: se compra con dinero. Como denuncia el filósofo Fernando Buen Abad (2026), “detrás de miles de perfiles, apenas respiran unos cuantos operadores mercenarios, algoritmos y centros de decisión distorsionante”. Una minoría de poder financia granjas de contenidos para que miles de bots repitan la misma narrativa 24/7. De acuerdo con Buen Abad, esta maquinaria logra simular una falsa corriente multitudinaria para convencer a la sociedad de que esa voz automatizada representa la voluntad popular.
Esta simulación responde a la necesidad de alcanzar una masa crítica. Al simular que cerca del 25% de la conversación apoya una postura, se activa una reacción en cadena donde la población real empieza a asumir la idea como legítima (McLeod, 2026).
Ver lo evidente y votar la simulación
El efecto Asch en el mundo digital adquiere tintes alarmantes en la política. Un ciudadano puede presenciar cómo la candidatura presidencial de un país acumula señalamientos por abuso sexual, acusaciones formales de genocidio, pederastia o corrupción. Incluso puede escuchar declaraciones inapropiadas pronunciadas directamente por la voz del candidato o leerlas en sus redes sociales oficiales.
Sin embargo, al ingresar a sus plataformas digitales, la persona se encuentra rodeada por miles de comentarios y avatares que justifican, alaban o minimizan dichos actos. Ante esa pantalla, ocurre el mismo fenómeno de conformidad descrito por McLeod (2026): la persona duda de su propio juicio moral o concluye que si la mayoría lo apoya, por algo será, decidiendo finalmente ceder su voto o su postura para sumarse al grupo predominante.
Frente a la marea de avatares y algoritmos, este escenario artificial provoca que los usuarios miren la pantalla creyendo que observan la realidad del mundo, cuando en verdad solo están contemplando un reflejo fabricado para dirigir su percepción.
Avatares sintéticos e interferencia geopolítica
Esta ingeniería social ya no es ciencia ficción; se ejecuta diariamente a precios absurdos. En un reportaje para The New York Times, Tiffany Hsu (2026) reveló la aparición de cientos de influencers falsos generados por inteligencia artificial en TikTok, Instagram, Facebook y YouTube diseñados para atraer a votantes conservadores. Hsu reportó que avatares ultra fotorrealistas con identidades cambiantes repetían discursos idénticos como: “¡Soy nuevo aquí y amo a Dios, América y Trump!”. Cerca de 304 cuentas coordinadas fueron detectadas difundiendo mensajes políticos sin transparentar su origen sintético, logrando engañar a los usuarios que asumían interactuar con personas reales. Según Hsu, generar cada publicación cuesta apenas entre 1 y 3 dólares, permitiendo que un solo operador despliegue el trabajo que antes requería a decenas de personas.
El impacto traspasa fronteras y desestabiliza instituciones. En el Reino Unido, como detalla Alexandra Topping (2026) para The Guardian, la diputada laborista Emily Thornberry denunció que la política británica sufre constantemente campañas de desinformación tanto de actores estatales como no estatales. Topping documentó cómo 1,300 perfiles falsos vinculados a granjas de bots con sede en Irán promovían activamente el nacionalismo y la independencia escocesa para fracturar al país, mientras que algoritmos sesgados y cuentas sintéticas inflaban falsamente las cifras sobre delincuencia para presentar a Londres como una ciudad “sin ley” y extremadamente peligrosa. Como subrayó Thornberry, las mentiras nacen en granjas automatizadas, se vuelven virales y terminan siendo repetidas como hechos reales por políticos de alto nivel.
La cortina de humo y la guerra de narrativas
Las granjas de bots no solo buscan condicionar el voto, sino administrar la atención pública mediante la distracción social. Si los algoritmos y los bots logran que miles de perfiles hablen simultáneamente de un escándalo menor o de un tema intrascendente, la gente asume que si todo el mundo habla de eso, debe ser importante.
Fernando Buen Abad define esta dinámica como una “guerra semiótica” y una “delincuencia ideológica tecnificada”. Para Buen Abad, las plataformas disputan la capacidad de la población para recordar y asociar ideas, convirtiendo el segundo de atención en un territorio de distorsión rentable. Al seleccionar qué sufrimientos merecen indignación y cuáles deben desaparecer de la vista, el algoritmo impone una ideología de clase que disfraza sus intereses de sentido común y culpa a las personas de sus propios males.
Frente a la manipulación visual que analizó el célebre psicólogo de los años 50, Solomon Asch, y la perseverancia de las minorías que teorizó el reconocido psicólogo social Serge Moscovici, la respuesta no reside únicamente en borrar cuentas falsas. Exige desarrollar una conciencia crítica capaz de desmontar el montaje tecnológico. Solo al comprender quién financia la ilusión de la mayoría, la sociedad podrá recuperar la capacidad de mirar la realidad con sus propios ojos y no a través del filtro de una pantalla automatizada.
Para desarrollar una postura crítica es fundamental comprender algo sin dañar nuestro ego: caer en estas trampas digitales no es una cuestión de ingenuidad ni de falta de inteligencia. Detrás de cada algoritmo, red de bots y avatar sintético hay miles de millones de dólares invertidos y ejércitos de especialistas en psicología, neurociencia y tecnología dedicados exclusivamente a la manipulación de la percepción. Ya en el siglo XX, la historia demostró cómo Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de la Alemania nazi, entendió que la persuasión psicológica y la manipulación masiva podían ser armas más decisivas que el propio armamento militar.
Hoy, esa misma estrategia opera a una escala infinitamente mayor y a la velocidad de un clic. Por ello, proteger la autenticidad de nuestra opinión no requiere culparse, sino asumir un compromiso consciente: tomarnos una pausa, verificar la información y asegurarnos de que lo que defendemos nazca de nuestras verdaderas circunstancias y convicciones, y no de la marea artificial que busca arrastrarnos.
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