
Dolores Huerta, histórica organizadora sindical, defensora de los derechos civiles y cofundadora de la Unión de Campesinos (UFW), murió este miércoles a los 96 años. Su familia anunció el fallecimiento en un mensaje difundido a través de su fundación; sí bien se sabe que murió en su casa, aún se desconoce la causa del deceso.
Su historia nació en Dawson, Nuevo México, y echó raíces en Stockton, California. De familia mexicoamericana, creció entre comunidades trabajadoras mexicanas, filipinas, afroamericanas, japonesas y chinas. Su madre, Alicia, fue una mujer emprendedora y activa en la vida comunitaria; su padre, Juan Fernández, trabajó como minero y jornalero y también participó en el movimiento sindical.
En ese paisaje diverso, Huerta aprendió que la lucha por la dignidad podía tomar forma en la organización cotidiana de los vecinos.
Al principio fue maestra, pero ver a sus alumnos llegar a la escuela con hambre y sin zapatos la llevó a preguntarse dónde podía hacer más.
Así, Huerta dejó el aula y se volcó a organizar a las familias campesinas de cuyos hijos había sido maestra, y en 1962, junto con César Chávez y otros activistas, fundó la Asociación Nacional de Trabajadores Agrícolas, organización que se uniría después con el comité de trabajadores agrícolas filipinos AWOC para formar la Unión de Campesinos.
Huerta convirtió la lucha del campo en una causa nacional y organizó boicots de uva y lechuga, negoció contratos y llevó la voz de los trabajadores hasta legisladores, consumidores y grandes cadenas comerciales.
En 1972, durante una campaña en Arizona, respondió a quienes decían que allí la victoria era imposible con tres palabras que terminarían recorriendo el mundo: “Sí, se puede”. La UFW las adoptó como consigna; décadas después, Barack Obama las retomó en inglés —“Yes, we can”— durante su campaña presidencial.
La consigna no era una frase vacía, pues con el trabajo de Huerta y de miles de campesinos, la unión conquistó contratos colectivos y mejores condiciones laborales.
Su organización y labor de negociación contribuyeron también a la aprobación de la Ley de Relaciones Laborales Agrícolas de California de 1975, que reconoció el derecho de los trabajadores del campo a negociar colectivamente. Sin embargo, su activismo tuvo un costo: fue arrestada más de 25 veces y, en 1988, sufrió graves lesiones cuando un agente de policía la golpeó durante una protesta en San Francisco.
Su lucha nunca se limitó a los campos y defendió los derechos de las mujeres y de las personas migrantes, impulsó el registro de votantes y trabajó para que las comunidades pudieran organizarse y participar en las decisiones que afectaban sus vidas.
En 2003 fundó la Fundación Dolores Huerta, dedicada a la organización comunitaria, la participación cívica y la justicia social, y en 2012 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, el máximo reconocimiento civil de Estados Unidos; fue también la primera latina incorporada al Salón Nacional de la Fama de las Mujeres.
En 2026, Huerta hizo pública una parte dolorosa de su historia al relatar que César Chávez, su compañero de lucha y cofundador de la organización, la había presionado sexualmente en una ocasión y forzado contra su voluntad en otra. Contó que guardó silencio durante décadas porque temía que revelar lo ocurrido perjudicara el movimiento al que había dedicado su vida.
Su testimonio añadió una dimensión personal y difícil a la historia pública de una mujer que ayudó a construir esa lucha y que, al final de su vida, decidió contar también el costo que había llevado en silencio.
A sus 96 años, seguía alzando la voz, y en una entrevista con CNN en agosto, habló contra el trato a las comunidades migrantes y pidió defenderlas. Al despedirse, volvió a su consigna y llamó a trabajar juntos para detener lo que describió como una locura.
Dolores Huerta nació en Estados Unidos, en una familia de raíces mexicanas, y convirtió esa historia —la de los trabajadores que cruzaban fronteras, llenaban las cosechas y rara vez eran escuchados— en una fuerza política.
Su mexicanidad vivió en la defensa de esas comunidades, en su lucha por la justicia y en una consigna en español que se volvió patrimonio de movimientos mucho más allá de los campos de California. Para quienes alguna vez creyeron que no podían cambiar las cosas, dejó una respuesta que todavía convoca: Sí, se puede.
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