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lunes, julio 27, 2026
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Cuando muere un perro

Hay personas que nunca han tenido una mascota y, por más que uno trate de explicarlo, simplemente no pueden comprender el dolor que deja su ausencia. Para ellas era una mascota, pero para quienes hemos tenido la fortuna de ser elegidos por uno, sabemos que nunca es “solo un perro”. Es un compañero silencioso, un testigo de nuestra vida, alguien que nos espera sin condiciones y que nos quiere incluso en nuestros peores días.

Hace cuatro meses tuve que despedirme de Zapote.

A finales de la pandemia, mi hijo, su esposa, mi nieto y su perro se mudaron a la casa que está detrás de la mía. Yo ya tenía dos perros, Mina y Benito. Desde los primeros días, Zapote comenzó a visitar mi casa. Llegaba por la mañana y no regresaba a la suya hasta que lo llamaban por la noche.

Un día, simplemente decidió no irse más.

Al principio pensé que era porque le gustaba la compañía de mis perros. Quizá disfrutaba el jardín, desde donde podía observar la calle durante horas. Tal vez le encantaba el sofá al que yo le permitía subir, o el ambiente tranquilo de mi casa.

Con el tiempo entendí que la razón era otra.  Zapote me había elegido.

Siempre estaba donde yo estaba. Si trabajaba, se acostaba a mis pies. Si veía televisión, él estaba junto al sofá. Por las noches dormía en el piso de mi recámara, muy cerca de mi cama. Nunca pedía demasiado. Le bastaba una caricia, una palabra o simplemente estar cerca.

Así, sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado, Zapote pasó a ser mi perro.

Cuando llegó a mi casa tenía alrededor de ocho años. Mi hijo lo había adoptado cuando apenas tenía dos. Era un perro extraordinariamente educado, limpio, simpático y noble. Siempre decía que se parecía al perro de La dama y el vagabundo, con esa mezcla de elegancia y dulzura que conquistaba a cualquiera.

Nunca dejó de ser también el perro de mi hijo.

Cada vez que lo veía, hacía todo lo posible por llamar su atención. Movía la cola con entusiasmo y salía feliz a caminar con él. Ese vínculo nunca desapareció.

En 2022 nació mi nieta. Mi hijo y su esposa estaban ocupados criando a un niño de seis años y a una recién nacida. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, Zapote terminó viviendo conmigo por completo.

Entonces llegaron las responsabilidades que acompañan al amor: las visitas al veterinario, los baños, el corte de pelo, la comida, las medicinas cuando eran necesarias. Su cama estaba ya en mi recámara y su plato junto al de Mina y Benito, que a su lado parecían diminutos.

Sin proponérselo, Zapote se fue adueñando de mi corazón.

El año pasado comenzó a tener algunos problemas de salud. En noviembre noté un olor extraño en su boca. Lo llevé al veterinario y recibimos una noticia que ninguno quería escuchar: cáncer oral.

Hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos.

Hubo consultas, estudios, tratamientos e incluso una cirugía. Zapote soportó todo con una valentía admirable. Nunca perdió el apetito, nunca dejó de disfrutar sus paseos y jamás dejó de demostrar su cariño. Seguía buscando mis caricias, acompañaba a mi nieta y recibía con alegría a Sofía, que vive conmigo desde hace casi veinte años y es, para mí, la hermana que la vida me regaló.

A principios de este año el cáncer regresó con más agresividad. Aun así, Zapote seguía luchando.

Solo había algo que me rompía el corazón: mientras dormía se quejaba bajito. Se movía constantemente intentando encontrar una posición que no le doliera, a pesar de los medicamentos cada vez más fuertes que necesitaba. Su pelaje negro, el que le había dado su nombre, comenzó a llenarse de canas. Y sus ojos… esos ojos dulces y profundos que siempre transmitían paz, empezaron a reflejar cansancio.

La veterinaria fue muy clara. Ya no había nada que pudiera hacerse.

Mi hijo y yo tuvimos que tomar una de las decisiones más difíciles de nuestras vidas.

No queríamos que Zapote siguiera sufriendo, pero tampoco queríamos que su último momento fuera en una sala fría de un hospital veterinario. Decidimos despedirlo en casa, rodeado de quienes lo amábamos.

La noche anterior ocurrió algo que jamás olvidaré. Mientras dormía sentí que alguien me observaba. Abrí los ojos y ahí estaba Zapote, de pie junto a mi cama, con la cabeza apoyada en el colchón y mirándome fijamente.

No hizo ningún ruido. Solo me miraba.

Me senté en el piso junto a él y lo acaricié durante largo rato, hasta que volvió a quedarse dormido.

Todavía hoy pienso que esa fue nuestra despedida.

Nunca olvidaré aquella mirada.

A la mañana siguiente, un 3 de marzo, mi hijo lo llevó a la playa, su lugar favorito. Caminaron juntos por la arena durante un rato, como tantas otras veces. Después regresaron a casa.

Mi hijo apenas podía contener las lágrimas. Zapote había llegado a su vida incluso antes que su primer hijo.  

No sé si los perros saben cuándo se acerca su final. Quiero creer que sí.

Cuando el veterinario llegó, Zapote caminó tranquilamente hasta su cama, la misma donde tantas veces había dormido en la sala. Se acostó con una serenidad que todavía me impresiona.

Todos nos sentamos a su alrededor.

Mis otros dos perros habían salido a caminar con el joven que los lleva al parque cada tercer día. Tal vez fue mejor así.

El veterinario aplicó la inyección. Zapote cerró los ojos casi de inmediato.

Y se fue.

Sin miedo. 

Sin dolor.

En paz.

Lo enterramos en el jardín de mi casa, bajo una fuente. Allí descansaban ya Diego, mi querido perro de tantos años, y Mitzy, mi gata.

Me gusta pensar que ahora están juntos.

Han pasado cuatro meses desde entonces. Lo extraño todos los días.

Todavía hay momentos en los que, sin darme cuenta, espero verlo aparecer detrás de mí. A veces creo escuchar sus pasos. Otras veces sigo mirando el lugar donde estaba su cama.

No sé si este dolor es más intenso porque yo también he envejecido y he aprendido que el tiempo con quienes amamos siempre parece demasiado corto. O quizá simplemente porque Zapote tuvo ese don tan especial que tienen algunos perros: entrar en el corazón de una persona para quedarse ahí para siempre.

Hoy sé que dejarlo ir fue un acto de amor.

El amor verdadero no consiste en aferrarse a quien sufre para no sentir nuestra propia tristeza. Consiste, a veces, en aceptar el dolor de despedirse para regalarle paz a quien nos dio tantos años de amor incondicional.

Quienes han amado a un perro entenderán cada una de estas palabras.

Y quienes aún no han tenido esa fortuna quizá descubran, al leer esta historia, por qué cuando un perro parte no perdemos solo una mascota. Perdemos a un miembro de la familia.

Perdemos una mirada que nunca nos juzgó. Perdemos una presencia silenciosa que hacía del   mundo un lugar mejor.

Pero, sobre todo, perdemos una parte de nuestro corazón… esa que un día, sin pedir permiso, un perro decidió hacer suya.

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