21.8 C
Redwood City
lunes, mayo 11, 2026
spot_img

El puente que siguen intentando quemar

*Washington asedia Cuba. Roma se niega a mirar hacia otro lado. Cómo sesenta años de historia de la Iglesia detuvieron en seco a un secretario de Estado estadounidense.

 

Por Ted Lewis. Global Exchange. Terra 360. Península 360 Press.

Cuando Marco Rubio entró al Palacio Apostólico el pasado jueves 7 de mayo por la mañana para reunirse con el Papa León XIV, llevaba consigo el peso completo de una administración que ha convertido el sufrimiento deliberado del pueblo cubano en piedra angular de su política exterior. Lo que encontró, según todos los indicios, fue un Papa que no estaba dispuesto a darle el espaldarazo que buscaba.

El contraste no podría ser más revelador. A un lado de esa sala de reuniones estaba el secretario de Estado de una superpotencia que ha pasado sesenta y cinco años intentando quebrar a Cuba mediante el aislamiento, el embargo y ahora un bloqueo petrolero tan severo que ha sumido a la isla en la oscuridad hasta por 24 horas al día. Al otro lado estaba el primer Papa americano de la historia, heredero de una institución que eligió un camino radicalmente diferente y que, por cualquier medida honesta, logró mucho más.

Un Viaje por Carretera, Una Madre y Una Hija

En 1999, un año después de que el Papa Juan Pablo II realizara su histórica visita a La Habana, recorrí Cuba en carretera, uno de varios viajes que he hecho a una isla que he llegado a amar. He hablado con cubanos en cada rincón del país: campesinos, músicos, médicos, maestros, funcionarios del partido, disidentes, creyentes, ateos y personas que sostenían todas esas identidades simultáneamente. He salido de cada viaje con la misma convicción: el pueblo cubano está entre los más dignos, resilientes y lúcidos de la tierra, y merece infinitamente más de lo que la política estadounidense le ha dado.

En ese viaje de 1999 llegué a Santiago de Cuba, la segunda ciudad de la isla, en su magnífico y revolucionario oriente, el lugar donde Fidel Castro declaró la victoria en enero de 1959. Me hospedé con una madre y una hija a quienes me habían presentado amigos en La Habana. La madre era enfermera. La hija, médica. Eran, sin contradicción aparente, militantes comunistas de toda la vida y creyentes católicas devotas. Durante la mayor parte de sus vidas adultas, esas dos identidades tuvieron que mantenerse separadas, la fe oculta, la práctica privada, la cruz fuera de la vista. Mostrar creencia religiosa abiertamente era invitar la sospecha, las consecuencias laborales, la retirada silenciosa de la aprobación del Estado.

Pero algo había cambiado. Juan Pablo II había llegado a Cuba el año anterior, y su visita había logrado algo que décadas de embargo estadounidense no habían podido producir: había abierto un espacio. No un cambio de régimen. No un realineamiento geopolítico. Algo más silencioso y más duradero que cualquiera de esas cosas, la simple dignidad de poder ser plenamente uno mismo. La madre y la hija con quienes me senté en Santiago hablaron de eso con un alivio cauteloso, todavía tierno. Podían ser quienes eran. La fe que había vivido enteramente en privado podía comenzar, con cuidado, a respirar en público.

Eso es el compromiso. Eso es lo que logra la presencia, paciente, consistente, profundamente humana. Recuérdenlo la próxima vez que un político estadounidense les diga que la opresión máxima es el camino hacia la libertad del pueblo cubano.

Sesenta Años de la Iglesia Acertando

La historia no es complicada, aunque Washington ha preferido ignorarla.

Cuando Castro llegó al poder en 1959, la Iglesia Católica en Cuba estaba asociada con la vieja élite colonial. Para 1961, la revolución había expulsado a cientos de sacerdotes, nacionalizado las escuelas católicas y declarado a Cuba un estado ateo. La hostilidad era genuina y severa. La Iglesia podría haberse marchado, podría haberse unido al coro de condena y aislamiento que Estados Unidos ya estaba organizando. No lo hizo.

Durante tres décadas la Iglesia se quedó. Mantuvo sus edificios, sus sacramentos, su presencia silenciosa. Fue marginada, restringida y vigilada, y aun así se quedó. Cuando la Constitución cubana fue revisada en 1992 para eliminar la designación de estado ateo, la Iglesia estaba ahí. Cuando Juan Pablo II llegó a La Habana en enero de 1998, convocando multitudes que asombraron al mundo y pronunciando una homilía que llamó simultáneamente a Cuba a abrirse al mundo y al mundo a abrirse a Cuba, la Iglesia había ganado ese momento a través de cuarenta años de no irse.

El Papa Benedicto XVI vino en 2012, se reunió con Fidel y Raúl Castro y presionó con discreción por la liberación de presos políticos y por mayor libertad religiosa. El Papa Francisco tomó la inversión de sesenta años de la Iglesia y la convirtió en el acto más consecuente de diplomacia cubana de la era moderna: las negociaciones secretas que facilitó dentro del Vaticano y que produjeron, el 17 de diciembre de 2014, el acuerdo de normalización Obama-Castro. Francisco escribió cartas personales a ambos jefes de Estado. Proporcionó el marco moral que hizo posible el acuerdo. Hizo lo que sesenta y cinco años de embargo estadounidense no habían podido lograr, mover la aguja de manera medible en la dirección de la dignidad y el bienestar del pueblo cubano.

La lección es clara. El compromiso funciona. La presencia funciona. Tratar a las personas como seres humanos y no como palancas de presión funciona. La Iglesia lo supo y lo practicó. Washington, con la notable y demasiado breve excepción de la apertura de Obama, se negó a aprenderlo.

Traición, Sitio y Hambre

Luego llegó Trump. Y con Trump llegó Marco Rubio, un político cubanoamericano que construyó toda su identidad política sobre los agravios de la comunidad del exilio, y que ve la isla no como un lugar donde vive gente sino como una deuda ideológica por cobrar.

La normalización de Obama fue desmantelada por el político cubanoamericano. No porque hubiera fracasado, apenas había tenido tiempo de respirar. No porque hubiera evidencia de que la presión máxima estaba produciendo reforma democrática, no la había. Fue desmantelada porque Marco Rubio quería Florida, y Trump quería a Marco Rubio. El pueblo cubano pagó esa transacción con su electricidad, su combustible, su comida, su futuro.

El embargo petrolero ahora en vigor ha reducido las importaciones de crudo de Cuba entre un ochenta y un noventa por ciento. Al día de hoy, los apagones duran hasta 24 horas. La economía se ha contraído más de un siete por ciento. El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, ha declarado estar extremadamente preocupado por la situación humanitaria en Cuba, advirtiendo que empeorará o incluso colapsará. Esta no es una política dirigida al gobierno cubano. El gobierno cubano tiene generadores. El pueblo de Santiago de Cuba, las enfermeras, los médicos, las madres e hijas que intentan vivir sus vidas con dignidad están sentados en la oscuridad.

Y ahora hay algo peor en el aire. El Pentágono ha estado elaborando planes de contingencia para posibles acciones militares contra Cuba. El presidente Trump ha especulado públicamente con detenerse en Cuba una vez que Estados Unidos termine lo que sea que está haciendo en el Estrecho de Ormuz, donde ya está atascado, drenando su arsenal, vaciando la autoridad moral que alguna vez poseyó.

Este es también el presidente que, en la víspera de la visita de su propio secretario de Estado al Vaticano, salió en la radio y, otra vez, atacó al Papa. Por segunda vez en semanas acusó falsamente a León XIV de querer que Irán tuviera un arma nuclear y declaró que el primer papa americano de la historia estaba poniendo en peligro a muchos católicos y a mucha gente. Funcionarios del Vaticano han descrito las relaciones entre Estados Unidos y la Santa Sede como en un mínimo histórico y sin precedentes. El canciller italiano, del propio gobierno de Giorgia Meloni y uno de los últimos aliados europeos de Trump, rompió públicamente con Washington para defender a León, escribiendo que sus palabras son un testimonio del diálogo, del valor de la vida humana y de la libertad.

El pueblo estadounidense se ha dado cuenta. Una encuesta del Washington Post, ABC News e Ipsos realizada a finales de abril encontró que casi seis de cada diez estadounidenses reaccionaron negativamente ante la afirmación falsa de Trump sobre el Papa y las armas nucleares, incluidas mayorías de sus propios votantes. La popularidad de Trump entre los católicos ha caído diez puntos desde febrero de 2025, llegando al 38 por ciento. Dos tercios de los estadounidenses reaccionaron positivamente ante León pidiendo a la gente que contactara al Congreso para trabajar por la paz y rechazar la guerra. La administración que voló a Roma el jueves a buscar la complicidad de la Iglesia en su política sobre Cuba no habla en nombre de los católicos estadounidenses, ni de los cristianos estadounidenses, ni, por cualquier lectura honesta de estas cifras, de la posición del pueblo estadounidense.

Esto es lo que Rubio llevó a Roma. Esto es lo que puso ante un papa.

México: La Valentía que se Está Perdiendo

Hay otra historia que contar aquí, y es más cercana a casa.

Durante décadas, México mantuvo una postura que era tanto principio como práctica: no al bloqueo, no a la intervención, sí a la soberanía cubana. Bajo el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, esa postura tomó forma concreta y costosa: Pemex suministró petróleo a Cuba cuando casi nadie más lo hacía, desafiando la presión estadounidense con la tradición diplomática mexicana de no intervención que se remonta a la Doctrina Estrada.

Era un acto de valentía hemisférica. Era México siendo México, el país que nunca rompió relaciones diplomáticas con Cuba durante todos los años del embargo, el país que ha entendido históricamente que la soberanía de una nación pequeña es la soberanía de todas.

Esa valentía se está diluyendo.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha retrocedido silenciosamente de ese compromiso. Sin declaración dramática, sin debate público, sin reconocimiento honesto de lo que se está abandonando, simplemente un alejamiento gradual, en el contexto de una relación con Washington que exige cada vez más y ofrece cada vez menos. El suministro de energía que mantuvo encendidas las luces en Cuba se ha reducido. La voz que México podría estar levantando en los foros internacionales sobre el bloqueo se ha ido apagando.

Entendemos las presiones. Sabemos que gobernar México en este momento, con Donald Trump en la Casa Blanca y Marco Rubio manejando la política exterior hacia el hemisferio, no es tarea fácil. Pero también sabemos esto: hay momentos en que la historia juzga a los gobiernos no por las dificultades que enfrentaron sino por las elecciones que hicieron cuando las cosas se pusieron difíciles.

Este es uno de esos momentos. Le pedimos a la presidenta Sheinbaum que lo reconsidere.

El pueblo cubano, que ha soportado más de sesenta años de bloqueo con una dignidad que debería avergonzar a quienes lo imponen, merece que México sea México. Merece que el país que nunca los abandonó en los peores años no los abandone ahora, cuando la oscuridad dura 24 horas al día y los hospitales están quedándose sin medicamentos.

Van por la Ayuda Humanitaria

El primero de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, mientras los cubanos marchaban por las calles de La Habana, Donald Trump firmó un nuevo decreto ejecutivo escalando su guerra económica contra la isla a un nivel nuevo y más feo.

El decreto congela activos en Estados Unidos de cualquiera que opere en sectores económicos clave de Cuba, sanciona bancos extranjeros que procesan transacciones para entidades cubanas designadas, y extiende esas sanciones a los familiares adultos de cualquier persona ya señalada, un mecanismo de castigo colectivo que cualquier estudiante del autoritarismo reconocería de inmediato. Desde enero de 2025, la administración ha impuesto más de 240 sanciones contra Cuba e interceptado al menos siete buques petroleros en ruta hacia la isla.

Pero la disposición que más directamente afecta a las organizaciones humanitarias es esta: el decreto criminaliza la realización o recepción de cualquier contribución de fondos, bienes o servicios a entidades sancionadas, y se reserva explícitamente el derecho a prohibir donaciones de alimentos, ropa y medicamentos si se considera que perjudican seriamente los objetivos de política exterior de Estados Unidos.

Léase con cuidado. Alimentos. Ropa. Medicamentos. Potencialmente prohibidos, si una administración presidencial decide que un acto de decencia humana básica interfiere con sus objetivos políticos.

Antes de que Rubio llegara siquiera al Palacio Apostólico, ya había revelado sus cartas. En la rueda de prensa del martes en la Casa Blanca, anunció que Estados Unidos había dado seis millones de dólares en ayuda humanitaria a Cuba, distribuida a través de la Iglesia Católica mediante Cáritas Cuba y la red parroquial, y que estaba dispuesto a dar más, siempre que el régimen cubano lo permitiera. Era un argumento cuidadosamente construido: nosotros somos los humanitarios; es el gobierno cubano el que bloquea la ayuda a su propio pueblo.

El argumento merece una respuesta directa. Estados Unidos está imponiendo simultáneamente un bloqueo petrolero que ha reducido las importaciones de energía de Cuba en un 80 a 90 por ciento, causando apagones de 24 horas, contrayendo la economía más de un siete por ciento, amenazando con intervención militar, y firmando un decreto ejecutivo que se reserva explícitamente el derecho de prohibir donaciones humanitarias por razones políticas, mientras ofrece seis millones de dólares en ayuda canalizada por la Iglesia como evidencia de su benevolencia. Seis millones de dólares en ayuda no cancelan un sitio. Un goteo de medicamentos no compensa la destrucción deliberada de una economía.

Esto no es un régimen de sanciones dirigido. Es un sitio. Y un sitio, usemos la palabra que la historia exige, es un acto de castigo colectivo contra una población civil. Es medieval en su concepción y en su ejecución: una táctica del siglo XIII desplegada con instrumentos financieros del siglo XXI contra una pequeña nación isleña de once millones de personas cuyo gran delito, a los ojos de esta administración, es haberse negado a rendirse.

Los expertos en derechos humanos de las Naciones Unidas ya han condenado el bloqueo como una grave violación del derecho internacional y una amenaza seria al orden internacional democrático y equitativo. La comunidad internacional, Canadá, Chile, la Unión Africana, las Naciones Unidas, ha respondido con una claridad y una unanimidad inusuales. Añadimos nuestra voz sin reservas: este bloqueo es bárbaro, y lo condenamos.

Los Capilares de la Solidaridad: Abiertos y con Base Legal

Global Exchange no está siendo testigo desde la distancia. Estamos actuando.

En marzo, nos unimos al Convoy Nuestra América mientras movimientos de todo el hemisferio convergían en La Habana por aire, tierra y mar, entregando más de 20 toneladas de ayuda humanitaria. Nuestra delegación llevó más de 770 kilogramos de suministros, medicamentos, equipo médico y artículos esenciales que las familias cubanas ya no pueden obtener debido a un bloqueo diseñado en Washington y aplicado en alta mar.

Hemos lanzado un Centro de Ayuda Humanitaria en el Distrito de la Misión de San Francisco, recolectando y enviando suministros médicos, medicamentos básicos y productos de higiene a comunidades que enfrentan escasez aguda. Ya hemos entregado más de 40 mil dólares en medicamentos especializados contra el cáncer a hospitales en Cuba y transportado más de 900 kilogramos de ayuda humanitaria recolectada a través de donaciones locales. Como ha dicho nuestra Codirectora Ejecutiva Corina Nolet: lo que la administración Trump está infligiendo a las familias cubanas es una brutal campaña de estrangulamiento económico que restringe el combustible, los alimentos y los medicamentos.

Cada envío que hacemos es tanto un acto de solidaridad como una declaración: nos negamos a aceptar políticas que infligen sufrimiento a comunidades inocentes.

Nuestra posición jurídica es sólida. El Artículo 23 del Cuarto Convenio de Ginebra de 1949, plenamente ratificado por Estados Unidos y vinculante sin ambigüedad, obliga a las partes a permitir el libre paso de envíos de socorro, específicamente medicamentos, material sanitario y objetos necesarios para el culto religioso, destinados a la población civil, incluida la de un adversario. Exige además el libre paso de alimentos, ropa y suministros esenciales para niños menores de quince años, mujeres embarazadas y madres lactantes. El decreto del primero de mayo, que se reserva explícitamente el derecho a prohibir dichas donaciones por razones políticas, está en conflicto directo con una obligación de tratado que Estados Unidos firmó y ratificó hace más de setenta años.

Los Protocolos Adicionales de 1977 a los Convenios de Ginebra extienden esa arquitectura jurídica. Las protecciones consagradas en esos Protocolos, incluida la prohibición explícita de usar el hambre de los civiles como método de coerción, han alcanzado el estatus de derecho internacional consuetudinario, vinculante para todos los estados independientemente de la ratificación. Además, 168 naciones han ratificado el Protocolo I, incluidos todos los aliados de la OTAN de Estados Unidos excepto Turquía.

Y más allá de Ginebra: el propio Washington copatrocinó y fue el primer país en implementar la Resolución 2664 del Consejo de Seguridad de la ONU, que afirma explícitamente que la prestación de ayuda humanitaria no constituye una violación de los regímenes de sanciones. La administración Trump está usando ahora la acción ejecutiva unilateral para contradecir compromisos que su propio gobierno negoció, ratificó y fue el primero en honrar.

El trabajo humanitario de Global Exchange es consistente con el derecho internacional humanitario y con los propios compromisos de Estados Unidos. Continuaremos.

El Papa como Espejo

El Papa León XIV, Robert Francis Prevost, nacido en Chicago, misionero en Perú, hijo de un hombre cuyas raíces maternas se remontan a La Habana del siglo XVIII, heredero de una Iglesia que eligió la presencia sobre el castigo en Cuba durante sesenta años, aparentemente no se dejó convencer por lo que Rubio llevó a Roma.

El comunicado del Departamento de Estado sobre la reunión del jueves tenía tres oraciones. Rubio y León discutieron la situación en Oriente Medio y temas de interés mutuo en el hemisferio occidental. La reunión, decía, subrayó la sólida relación entre Estados Unidos y la Santa Sede y su compromiso compartido de promover la paz y la dignidad humana.

Cuba no fue mencionada por nombre. No se anunció ninguna asociación en materia de ayuda humanitaria. No se emitió ninguna declaración conjunta. El Vaticano no publicó ningún comunicado propio.

Rubio pasó dos horas y media dentro del Palacio Apostólico. El Papa llegó 40 minutos tarde a su siguiente cita. Cualquier cosa que se haya dicho en esa sala, la administración que voló a Roma buscando cobertura moral para su política sobre Cuba se fue sin ella. El lenguaje del comunicado, paz y dignidad humana, es el lenguaje de León, no el de Trump. La Casa Blanca tomó prestado el vocabulario del papa y no trajo nada más a casa.

La neutralidad estudiada del comunicado del jueves es, leída frente a sesenta años de posición consistente de la Iglesia sobre Cuba, en sí misma una negativa.

Esto no debería sorprender a nadie que haya escuchado lo que León ya ha dicho públicamente: que la cuestión no es si hay un cambio de régimen o no, sino cómo promover los valores en los que creemos sin la muerte de tantas personas inocentes.

Esa frase contiene el argumento completo. Es lo que la Iglesia practicó en Cuba desde 1961. Es lo que Global Exchange ha practicado desde su fundación. Es lo que fui testigo en Santiago de Cuba en 1999, en un hogar donde una madre y una hija finalmente habían recibido permiso, no de Washington, no de un embargo, no de una amenaza de fuerza militar, sino de un papa que simplemente se presentó, para ser plenamente ellas mismas.

León es el primer papa americano. No puede fingir no saber lo que su país está haciendo, a noventa millas de sus propias costas, a personas que no han hecho nada para merecerlo. Ha visitado Cuba tres veces. Conoce la isla no desde la política del exilio ni desde los informes de los centros de investigación sino desde adentro, desde las parroquias y la gente. La administración envió a su secretario de Estado a tomar prestada su autoridad moral. Él no la prestó.

Lo Que Defendemos

Global Exchange ha operado siempre desde una premisa simple: que los pueblos del hemisferio, dado el chance real de conocer a los cubanos, de viajar a Cuba, de sentarse con una enfermera y una médica en Santiago y escuchar sus historias, no elegirían esto. No elegirían el embargo. No elegirían el bloqueo petrolero. No elegirían la amenaza de fuerza militar contra un pequeño país cuyo gran delito histórico es haberse negado a ser poseído.

La Iglesia Católica tardó sesenta años, mantuvo su terreno a través de expulsiones y constituciones ateas y paranoia de Guerra Fría, y construyó un puente lo suficientemente paciente para soportar el peso de dos gobiernos finalmente hablándose. Ese puente fue construido no con sanciones sino con presencia. No con amenazas sino con testimonio.

La administración Trump, empantanada en el Golfo, moralmente en bancarrota, gastando lo que queda del crédito estadounidense en disputas y transacciones que no sirven a nadie más que a su propia supervivencia política, está intentando, una vez más, quemarlo.

Hemos estado en Cuba. Nos hemos sentado en mesas cubanas y hemos mirado rostros cubanos y hemos reconocido ahí la plena dignidad de seres humanos que han soportado más de lo que la mayoría de nosotros puede imaginar, y que todavía están ahí, todavía dignos, todavía rechazando el papel de víctimas que la política estadounidense les ha asignado durante sesenta y cinco años.

Merecen mejor. Siempre han merecido mejor. Y somos suficientes los que sabemos esto para decirlo con claridad, en voz alta, y sin disculpa.

Lo Que Puedes Hacer Ahora Mismo

La situación en Cuba no es un asunto lejano. Es un asunto hemisférico. Y hay acciones concretas que cualquier persona en México y América Latina puede tomar hoy.

Comparte este texto. La desinformación sobre Cuba es sistemática y deliberada. Cada persona que lee un relato honesto sobre lo que está pasando en la isla es una victoria pequeña pero real contra el bloqueo informativo que acompaña al bloqueo económico.

Dona en línea para apoyar los envíos de ayuda humanitaria de Global Exchange directamente a comunidades cubanas. Cada dólar va hacia medicamentos y bienes esenciales que llegan a familias en la isla. Puedes hacerlo desde cualquier parte del mundo en globalexchange.org

Exige que México recupere su postura histórica. Durante décadas México fue el país que nunca abandonó a Cuba, que mantuvo relaciones diplomáticas cuando nadie más lo hacía, que suministró energía cuando el bloqueo apretaba. Esa tradición está siendo abandonada silenciosamente bajo presión de Washington. Escribe a tu representante. Firma peticiones. Exige públicamente que la presidenta Sheinbaum recupere la valentía que caracterizó la política exterior mexicana en sus mejores momentos. La Doctrina Estrada no es un adorno histórico. Es un compromiso vivo con la soberanía de los pueblos, y Cuba la necesita ahora.

Apoya a las organizaciones de solidaridad en tu país que mantienen vínculos con el pueblo cubano. La sociedad civil hemisférica es el tejido que ningún bloqueo puede cortar del todo, siempre que decidamos mantenerlo vivo.

Durante casi 40 años, Global Exchange ha trabajado en solidaridad con el pueblo cubano, organizando delegaciones educativas, intercambios de persona a persona y esfuerzos humanitarios, mientras exige el fin del bloqueo estadounidense. Para apoyar ese trabajo, visita globalexchange.org.

Te puede interesar: Gaza se muere de hambre, y el mundo se distrae

Península 360 Press
Península 360 Presshttps://peninsula360press.com
Estudio de comunicación digital transcultural