Un pato vestido con la camiseta de la selección mexicana camina entre miles de personas sobre Paseo de la Reforma. Se llama Merlín, acompaña a una familia que vende aguas frescas en las calles de la Ciudad de México y, sin proponérselo, se ha convertido en la mascota no oficial del Mundial 2026. La gente se detiene a abrazarlo, le pide fotografías y le grita como si fuera una estrella. La FIFA termina por nombrarlo embajador del Fan Fest capitalino. En cualquier otro país sería una anécdota, pero en México es una declaración de principios: aquí el futbol se juega en la cancha, pero se vive en la calle.
Eso explica por qué, a poco más de una semana del inicio del torneo, una frase comienza a repetirse entre aficionados y periodistas extranjeros: “Imagínate si nos hubieran dado el Mundial completo”. Porque mientras la FIFA reparte partidos entre México, Estados Unidos y Canadá, el corazón de la Copa parece latir con más fuerza en tierra azteca.
México no solo se ha volcado con su selección. Se ha enamorado del torneo entero.
Ha adoptado a Corea del Sur, cuya afición recibe aplausos y abrazos incluso después de caer 1-0 ante el Tri. Se emociona con Japón, una selección que despierta simpatía histórica y que viene de golear 4-0 a Túnez. Se ha rendido ante Colombia, que convirtió las calles de la capital en una extensión de Bogotá tras su triunfo sobre Uzbekistán. Y ha abierto los brazos a Irán, cuyos jugadores han sido recibidos con cariño, fotografías y muestras espontáneas de apoyo, pese a las tensiones políticas y las restricciones que han enfrentado en otras sedes del torneo.
Esa diferencia se siente. Mientras Estados Unidos vive un Mundial marcado por los controles migratorios, las preocupaciones de seguridad y las discusiones políticas, México ofrece otra narrativa: la de una fiesta colectiva donde cualquiera puede sentirse local.
Y claro, ayuda que el Tri también esté respondiendo.
México abrió el Mundial con una victoria 2-0 sobre Sudáfrica y después derrotó 1-0 a Corea del Sur, convirtiéndose en la primera selección en asegurar su lugar en los dieciseisavos de final del torneo ampliado. El país entero se lanzó a las calles. El Ángel de la Independencia se convirtió en un río humano. Hubo banderas gigantes, mariachis, niños sobre los hombros de sus padres y personas que lloraban sin saber exactamente por qué. Quizá por alegría. Quizá porque el futbol todavía puede hacer eso.
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, terminó por rendirse a la evidencia y elogió públicamente a la “extraordinaria afición mexicana”. Y es que resulta difícil ignorar a un país capaz de llenar el Zócalo para ver un partido en pantallas gigantes, de hacer virales a un pato llamado Merlín y a un perro llamado Osito, de rezarle a un Niño Jesús vestido con uniforme tricolor y de celebrar con la misma pasión un gol mexicano que una hazaña japonesa o una buena actuación iraní.
Porque México hace algo que pocos países consiguen. No espera a que juegue su selección para amar el Mundial. Ama el ruido de las vuvuzelas, los tambores coreanos, las gaitas escocesas, los cánticos colombianos y los colores de cualquier bandera que llegue con ganas de celebrar.
Y quizá por eso el resto del mundo empieza a sospecharlo: la FIFA podrá haber repartido la Copa entre tres países, pero la fiesta —esa que hace de un pato un estandarte, cantar a una multitud y sentir en casa a cualquier visitante— México la hizo completamente suya.
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