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viernes, octubre 9, 2026
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Una lavadora llena de historias

¿Qué es algo que todos los humanos tenemos en común?

Mientras doblaba mi ropa y me abanicaba la cara con la palma de la mano para evadir el calor de las secadoras, veía los múltiples colores de las prendas dando vueltas dentro de las lavadoras. Me dije: claro, todos lavamos ropa.

Escogí un día cualquiera de la semana para caminar por las calles del barrio de North Fair Oaks y platicar con las personas que lavaban su ropa en las lavanderías locales. Quería saber quiénes son estas personas y qué los trae hasta aquí. Porque estoy segura de que hay una historia en cada lavadora.

Quería saber quiénes son estas personas y qué los trae hasta aquí. Porque estoy segura de que hay una historia en cada lavadora.
Quería saber quiénes son estas personas y qué los trae hasta aquí. Porque estoy segura de que hay una historia en cada lavadora.

José

José viene a lavar cada semana la ropa de su familia, acompañado de su mamá. Para él, lavar es parte de una rutina que ya conoce bien.

“Si no hay mucha gente nos toma lavar como 1 hora, hora y media. Entre semana es más tranquilo, más en las mañanitas”.

José tiene 23 años y ha vivido toda su vida en North Fair Oaks con su familia. En sus tiempos libres le gusta practicar deportes, especialmente fútbol. Por las noches trabaja como janitor o conserje.

“Me gusta mi trabajo y me gusta que el área es tranquila, está a gusto vivir aquí”.

Para José, la tranquilidad del lugar es parte de lo que hace de North Fair Oaks su hogar.

Cristóbal

Cristóbal llegó a la lavandería para aprovechar su día libre y lavar la ropa que utiliza para trabajar.

“Vine a lavar precisamente más que nada ropa pa’ trabajo. Como tenemos tiempo, es indispensable lavar”.

Cristóbal viene cada 15 días a lavar. Sus familiares ya son mayores y él se encarga únicamente de su propia ropa. Su día de descanso, explica, no necesariamente significa descansar.

“Yo estoy casado con el trabajo y los días de descanso uno dice que, a descansar, pero no porque tienes que organizarte de nuevo para empezar de nuevo y así es la rutina”.

Durante la semana, Cristóbal trabaja en la construcción, un oficio al que lleva años dedicado.

“Ya tengo años trabajando en la construcción, ya me acostumbré, bueno, cuando me inicie me gustaba, y ahora ya lo hago como algo normal”.

Cristóbal lleva 20 años viviendo en North Fair Oaks y toda su familia vive aquí también. En esas dos décadas, ha visto al barrio crecer y transformarse.

“Las nuevas construcciones, nuevos negocios, la gente–antes había más mal vivencia, ahora ya no es tan notorio como anteriormente, es más tranquilo definitivamente”.

La relación de Cristóbal con el barrio es una de costumbre y rutina, y también de aprecio por las oportunidades de trabajo y los salarios de la zona, aunque reconoce que vivir aquí no es barato.

“Pues la verdad es una rutina para mí, más bien ya estoy habituado a la rutina, no es que algo me guste. De mis gustos personales, me gusta leer. Del área, me gusta el salario y el trabajo, aunque la vida no es barata también, pero está mucho mejor que en otras áreas”.

Cristóbal compartió que le gustaría ver calles más limpias en el barrio, y que esto sería un cambio positivo para el área.

“Que la gente sea más ordenada, en especial nuestra gente Latina que tiene el hábito de tirar basura por donde quiera. Que las personas hagan un poco más de conciencia en mantener limpias las calles que compartimos, a respetar un poco más. Todo comienza con uno mismo”.

Alicia

Alicia llega acompañada de su mamá. Cada dos semanas hacen el viaje a la lavandería con la ropa de la familia.

“Es más fácil en carro porque es bien mucha ropa”.

Prefiere venir entre semana, cuando hay menos gente. Alicia tiene 19 años y ha vivido toda su vida en North Fair Oaks. Hace poco se graduó de la high school o preparatoria y ahora piensa en lo que viene.

“Me gustaría estudiar enfermería porque me gusta ayudar y cuidar a la gente”.

Alicia menciona que lo que más le gusta de vivir en el barrio es precisamente la familiaridad.

“Está a gusto porque ya conozco todo”.

También hay algo que le gustaría ver diferente. Como otros residentes, piensa en la limpieza de las calles.

“Que cuiden más las calles, que estén más limpias las calles porque la gente tira mucha basura”.

Ana

Ana conoce bien la rutina de la lavandería. Viene cada dos o tres semanas y, además de su propia ropa, ayuda con la de su familia: lava la ropa de su mamá y la de su hermano.

“Vengo a lavar nomas los artículos más grandes, los pequeños los lavo en la lavadora de mi casa, pero pues debido al alto precio de las utilidades vengo a la lavandería y es más eficiente hacerlo así porque lo haces en 2 horas”.

Ana ha vivido casi cuatro décadas en North Fair Oaks y, durante ese tiempo, ha visto cómo el barrio y la vida de sus habitantes han cambiado.

Uno de esos cambios, dice, está relacionado con el costo de vivir en la zona.

“Las familias separadas por el alto costo de todo, vivienda, gasolina, utilidades, es difícil sobrevivir en un lugar tan costoso. Mucha gente se ha ido. Pierde uno las conexiones, antes podía ir uno a visitar día con día y ahora no. Los hijos crecen diferente. Mis hijos han crecido muy diferente a como yo. Lo que es jugar afuera, por ejemplo, no hay esa conexión”.

Ana recuerda que, cuando era niña, jugaba afuera en las calles de North Fair Oaks.

Su recuerdo de aquella época está ligado a la vida comunitaria y a los espacios compartidos. Por eso, uno de los cambios positivos que le gustaría ver es recuperar parte de esa convivencia.

“La unidad como comunidad y que jueguen los niños como era antes afuera, tratar de alejarlos de las pantallas y jugando más afuera. Por ejemplo, yo crecí jugando fútbol afuera pero antes había menos carros y más respeto a las reglas, y era más fácil de que los niños jugaran afuera”.

Roxana

Roxana viene a esta lavandería cada dos meses. Lava en otros lugares, pero regresa aquí para lavar principalmente ropa de trabajo. Su trabajo consiste en cuidar a personas mayores.

“Les ayudo a hacer de comer, llevarlos a la farmacia, de todo. También a lavar, a bañarlos, de todo”.

En las casas de sus clientes hay lavadoras, pero Roxana viene a la lavandería cuando necesita lavar prendas grandes que no caben en las máquinas que utiliza en el trabajo. Actualmente tiene dos clientes. Su ropa personal la lava los fines de semana.

“Con mi ropa y la de ellos no voy a poder, ahorita solo me estoy dedicando al trabajo”.

Roxana lleva 30 años cuidando a personas mayores. Llegó a ese trabajo gracias a la ayuda de una vecina.

“Comencé en este trabajo porque me recomendó una vecina y me dijo que le calara a ver si me gustaba y me gusto”.

Ella vive en East Palo Alto, mientras que sus clientes viven en North Fair Oaks.

Roxana también ha observado los cambios del barrio. Le preocupan las nuevas construcciones y lo que representan para el medio ambiente y la salud.

“Muchos edificios y eso no está bien porque como sea la tierra, se va llegar un día, se va enojar, y nos vamos a explotar, porque como sea, ellos no hablan, los palos no hablan, pero también si les corta a los palos, no”.

Su preocupación se extiende también a la manera en que vivimos y consumimos.

“No come uno ahora natural, es puro plástico”.

Para Roxana, un cambio positivo sería que vivir sea más barato y que las personas puedan estar tranquilas.

“Que todo esté barato y que podamos vivir tranquilos todos, pero como vamos no creo”–lo dice Roxana entre risas– “mucho tráfico, todo caro. Solo Dios sabe”.

Una historia en cada ciclo

Lavar puede ser una actividad solitaria, familiar, vecinal. En la lavandería, todos estamos en nuestro mundo: lavando, esperando, doblando, tal vez con audífonos en los oídos o demasiado ensimismados con nuestros propios pensamientos y preocupaciones.

Quizá lavar ropa sea una actividad cotidiana y hasta aburrida. Una tarea más que hacer durante la semana, una rutina que se repite cada cierto tiempo.

Pero si uno se detiene a mirar, también puede ser una pequeña ventana hacia la vida de alguien.

José, que cada semana lava la ropa de su familia. Cristóbal, que convierte su día de descanso en otra oportunidad para organizarse. Alicia, que piensa en estudiar enfermería. Ana, que recuerda las calles donde jugaba de niña y busca recuperar esa conexión comunitaria. Roxana, que lleva tres décadas cuidando a otras personas.

Todos llegaron por una razón distinta. Todos tienen una rutina distinta. Pero, por un momento, sus historias coincidieron en el mismo lugar: entre el ruido de las máquinas, el calor de las secadoras y la ropa dando vueltas. Porque, después de todo, en cada ciclo de una lavadora hay una historia.

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Dulce Preciado
Dulce Preciado
Es escritora mexicoestadounidense, curiosa por naturaleza y en constante aprendizaje. Escribe desde una perspectiva inmigrante y explora el concepto de la mexicanidad a través de las fronteras. Utiliza la escritura y la fotografía para descubrir nuevas formas de observar el mundo y documentar experiencias.