
La identidad mexicoamericana no cabe dentro de una sola palabra, porque puede ser mexicana, estadounidense, chicana, latina, tejana, fronteriza e indígena al mismo tiempo, sin que alguna de esas pertenencias deba anular a las demás.
Esa diversidad marcó “Ser y convertirse en persona mexicoamericana”, primer panel del Foro II Con-ALMA 2026, celebrado este sábado 3 de octubre en San Antonio, Texas, y en el que académicos, artistas y periodistas compartieron experiencias atravesadas por la migración, el idioma, la discriminación y la búsqueda de un lugar propio entre México y Estados Unidos.
La mesa reunió a Ellen Riojas Clark, Luis López, Alfredo Ávalos Lara, Cecilia Ballí y Maria Zentella, quienes abordaron la identidad no como una herencia inmóvil, sino como una construcción que se modifica con los años, los desplazamientos y las experiencias de cada persona.
“Yo soy una chicana, una latina, una mexicoamericana”, expresó Riojas Clark al comenzar una reflexión sobre las etiquetas políticas, sociales y culturales que han acompañado su vida.
La profesora emérita de la Universidad de Texas en San Antonio explicó que no aprendió español sino hasta alrededor de los 15 años, aunque después desarrolló la capacidad de desenvolverse académicamente en ambas lenguas y transitar entre las dos culturas.
Su familia ha vivido durante varias generaciones en Estados Unidos, pero esa pertenencia no la protegió de experiencias de racismo, segregación y discriminación relacionadas con su color de piel, apellido y condición social.
Riojas Clark se declaró orgullosa de su herencia mexicana, aunque estableció una diferencia entre conservar esa cultura e identificarse plenamente como una persona nacida en México.
Luis López, nacido en San Luis Potosí y residente de Estados Unidos desde hace 25 años, sostuvo que la identidad se amplía con cada experiencia y no puede explicarse únicamente mediante el lugar de nacimiento, el pasaporte o la lengua.
“La identidad creo es algo que se va consiguiendo a lo largo de la vida, pero que también generamos”, afirmó.
López describió su vida en San Antonio como un tercer espacio en el que conviven sus dos nacionalidades, aunque detrás de ellas existen raíces familiares todavía más antiguas, incluidas las de antepasados que habitaron esas tierras antes de que el español y el inglés se convirtieran en las lenguas dominantes.
“Ahora vivo en San Antonio y considero que San Antonio es mi casa, sin embargo, cruzo la frontera, llego a San Luis Potosí a ver a mi mamá y todo tiene sentido”, relató.
El artista consideró que esa experiencia aparece inevitablemente en la creación, porque quienes pintan, escriben o producen una obra trabajan con todo el bagaje acumulado durante su vida.
“Los artistas definitivamente utilizamos todo ese bagaje que llamamos identidad”, señaló.
Cecilia Ballí llevó la conversación hacia la frontera, un territorio donde las categorías nacionales suelen resultar insuficientes para explicar la vida cotidiana de familias que han mantenido relaciones, recuerdos y desplazamientos en ambos lados durante generaciones.
La escritora, periodista y antropóloga cultural relató que durante su juventud se identificaba como mexicana, pero estudiantes chicanos le hicieron notar que su experiencia también estaba profundamente vinculada con Estados Unidos.
Una estancia académica en Puebla le permitió observar que, aun cuando se sentía conectada con México, sus valores sociales y políticos habían sido moldeados igualmente por su vida estadounidense.
Ballí explicó que su trabajo periodístico ha buscado recuperar el lugar de las comunidades mexicoamericanas dentro de la historia nacional y cuestionar la percepción de que las personas latinas continúan siendo extranjeras aun después de cuatro o cinco generaciones.
“El proyecto mío ha sido reclamar ese espacio y mostrar toda la historia que llevamos aquí”, expresó.
Maria Zentella abordó las estrategias empleadas por las familias migrantes para responder a la discriminación, entre ellas la conservación del español, las celebraciones, las quinceañeras, los rituales relacionados con el nacimiento y la muerte, así como la solidaridad comunitaria frente a una pérdida.
De acuerdo con la antropóloga social, las familias mexicanas que llegaron desde Michoacán y otras regiones no se limitaron a reproducir sus prácticas, sino que utilizaron la cultura para apropiarse de un entorno que con frecuencia les resultaba hostil y transmitir a sus hijos una identidad capaz de resistir los prejuicios.
La mesa también examinó la forma en que expresiones como el mariachi, la danza, la literatura y las artes visuales han transformado antiguos estereotipos en espacios de representación, pertenencia y orgullo.
Alfredo Ávalos Lara, coordinador de comunidad y cultura de UNAM San Antonio, advirtió que durante años la literatura en español tuvo una presencia mínima en algunas librerías y bibliotecas de la ciudad, una ausencia que escritores e instituciones han intentado revertir mediante encuentros, proyectos editoriales y actividades públicas.
“Nos toca a nosotros contar nuestras propias historias”, sostuvo Ávalos Lara al advertir que, cuando las comunidades dejan su relato en manos de personas que no conocen su historia, pueden reproducirse los mismos prejuicios que pretenden cuestionarse.
El coordinador mencionó como ejemplo una publicación sobre una figura de la música mexicana que, pese a su intención de reconocerla, comenzaba con una representación estereotipada de la ciudad donde nació.
“Las historias nuestras las contamos nosotros, porque de otra manera siguen produciendo los estereotipos”, afirmó.
El panel concluyó con una reflexión dirigida a las personas jóvenes que sienten no ser suficientemente mexicanas ni suficientemente estadounidenses, una inquietud frecuente entre quienes han crecido lejos del país de sus padres o no dominan completamente alguno de los dos idiomas.
Las respuestas coincidieron en la necesidad de conocer la historia familiar, visitar México cuando sea posible, explorar la memoria de las comunidades mexicanas en Estados Unidos y comprender que la identidad no se mide por la pureza de un acento, una nacionalidad o una tradición.
Ser mexicoamericano, plantearon los participantes, no representa una mitad incompleta de dos países, sino una experiencia completa que reúne ambos mundos y continúa creando nuevas formas de pertenencia.
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