“Estoy a una diarrea de alcanzar mi peso ideal”. —Emily Charlton, El diablo viste a la moda (2006)
Durante décadas nos repitieron que el peso era una cuestión de voluntad: comer menos, moverse más, cerrar la boca, levantarse del sofá, como si todos dispusiéramos del mismo refrigerador, el mismo salario, el mismo tiempo libre, el mismo vecindario y hasta del mismo cuerpo.
Hoy, la ciencia ha comenzado a desmontar esa simplificación al demostrar que la obesidad es una enfermedad crónica y compleja en la que intervienen la genética, el metabolismo, las hormonas, el sueño, el estrés y el entorno. Pero justo cuando la medicina desarrolla tratamientos capaces de modificar parte de esa biología, el mercado levanta una nueva frontera: la de quienes pueden pagarlos.
La delgadez se está convirtiendo en otro signo de riqueza.
Ya no se compra únicamente con entrenadores personales, alimentos exclusivos, cirugías, tratamientos estéticos y tiempo para ejercitarse. Ahora también puede adquirirse mediante medicamentos como Wegovy y Zepbound, cuyo precio de lista ronda los mil dólares mensuales.
Estas no son inyecciones de vanidad ni productos milagro, son tratamientos médicos que pueden reducir los riesgos asociados con la obesidad, pero requieren supervisión profesional y pueden ocasionar efectos adversos. El problema es quién puede recibirlos y quién solamente puede observar cómo otros adelgazan.
Su costo anual puede superar los 11 mil dólares, de acuerdo con KFF. Muchos seguros los cubren para tratar la diabetes, pero no exclusivamente para la obesidad.
Para una persona que vive al día no se trata de ajustar el presupuesto. Se trata de una imposibilidad.
La paradoja es brutal: quienes enfrentan más obstáculos para prevenir y tratar la obesidad encuentran también más puertas cerradas cuando surge una terapia eficaz.
Entre agosto de 2021 y agosto de 2023, 40.3 por ciento de los adultos estadounidenses vivía con obesidad. La prevalencia alcanzaba 44.6 por ciento entre quienes tenían educación media superior o un grado menor y descendía a 31.6 por ciento entre las personas con al menos una licenciatura, según el Centro Nacional de Estadísticas de Salud.
La educación no adelgaza por sí misma y lo que suele acompañarla es una cadena de privilegios: mejores ingresos y seguros médicos, horarios predecibles, vecindarios seguros y tiempo para comprar, cocinar, descansar y ejercitarse.
Del otro lado están quienes pasan horas en el transporte, enlazan trabajos, cuidan a sus familias y regresan a casa con el cuerpo agotado; a ellos se les recomienda preparar cada alimento desde cero, caminar diez mil pasos, dormir ocho horas y acudir regularmente al médico.
Y si bien el consejo puede ser correcto, lo ofensivo es fingir que todos tienen las mismas condiciones para seguirlo.
Tampoco todos compran en el mismo supermercado, pues una familia con dinero puede elegir por frescura o contenido nutricional, mientras que una con el presupuesto contado debe pensar cuánto rinde, cuánto dura y a cuántas personas puede alimentar.
No se elige entre salmón y ensalada orgánica, sino entre pagar la electricidad o comprar suficiente comida para terminar la semana.
En 2024, 18.3 millones de hogares estadounidenses sufrieron inseguridad alimentaria, y en 7.2 millones, la falta de recursos llegó a reducir la cantidad de comida consumida, según el Departamento de Agricultura de Estados Unidos.
En esas condiciones, hablar de alimentación “limpia” puede sonar como una burla, pues el verdadero privilegio consiste en acceder regularmente a alimentos frescos, variados y suficientes sin sacrificar la renta, el transporte o los medicamentos.
La industria del bienestar ha perfeccionado la trampa: vende como disciplina personal lo que muchas veces es capacidad económica.
Mientras la medicina transforma los cuerpos de quienes pueden pagarla, las redes sociales vuelven a reducir el espacio permitido para habitarlos.
Después de algunos años en los que la moda pareció abrirse a cuerpos diversos, la talla cero está de regreso, han vuelto los rostros afilados, las clavículas visibles, los brazos mínimos y los vientres completamente planos. Y, por si fuera poco, ya no basta con ser delgada: hay que parecer frágil, pequeña y eternamente joven.
De los 7 mil 817 atuendos presentados en las pasarelas de Nueva York, Londres, Milán y París para la temporada otoño-invierno de 2026, 97.6 por ciento fue modelado por mujeres de tallas estadounidenses de la 0 a la 4. Solo 0.3 por ciento correspondió a tallas grandes, según Vogue Business.
El fenómeno Kardashian ayudó a comercializar durante años otro cuerpo imposible: cintura diminuta, vientre plano, pecho abundante y glúteos desproporcionados. Una anatomía presentada como natural, aunque para alcanzarla pudieran intervenir dietas, entrenamientos, retoques digitales, procedimientos y cirugías.
Las Kardashian no inventaron la presión sobre el cuerpo femenino, pero convirtieron la transformación permanente en espectáculo, contenido y negocio. El mercado primero fabrica la insuficiencia y después vende el remedio.
Ahora el péndulo vuelve a moverse. Las curvas extremas pierden terreno frente a la ultradelgadez, y la industria comercializa el nuevo cuerpo con la misma facilidad con la que vendió el anterior.
La presión comienza desde temprano, pues la oficina del cirujano general de Estados Unidos encontró que 46 por ciento de los adolescentes de 13 a 17 años considera que las redes sociales los hacen sentir peor respecto de su cuerpo.
La expansión del K-pop también convirtió a las idols en referentes globales. Sus figuras extremadamente delgadas, rostros pequeños y piel impecable aparecen frente a millones de jóvenes sin que siempre resulte visible la maquinaria que sostiene esa imagen: estilistas, maquillistas, iluminación, filtros, dietas y contratos que vigilan su apariencia.
No se trata de responsabilizar a Corea ni a las artistas, muchas de las cuales también sufren esas exigencias. El problema es el mercado que convierte determinados rasgos en mercancía y los ofrece como si fueran alcanzables mediante suficiente disciplina y consumo.
Pero la persecución no termina con la adolescencia.
A las mujeres de 40 y 50 años se les exige una contradicción todavía más cruel: deben ser delgadas, pero no parecer demacradas; maduras, pero sin arrugas; sensuales, pero no “desesperadas”; experimentadas, pero con cuerpo juvenil.
La perimenopausia y la menopausia pueden alterar el sueño, la masa muscular y la distribución de la grasa. Sin embargo, esos cambios naturales suelen interpretarse como falta de disciplina. Básicamente, la mujer no solo debe atravesar una transformación hormonal, debe procurar que nadie la note.
Envejecer continúa siendo permitido para los hombres con una generosidad que rara vez alcanza a las mujeres. Las canas de ellos significan experiencia; las de ellas, descuido. Las líneas en el rostro masculino aportan carácter; en el femenino se convierten en defectos que deben rellenarse, tensarse o borrar.
La cara de una mujer ya no puede simplemente envejecer. Debe ser corregida.
Al cuerpo delgado se suma una piel sin poros, manchas, líneas ni textura. Las rutinas coreanas y el ideal de la glass skin añadieron limpiadores, tónicos, sueros y cremas a la lista de productos que supuestamente debemos comprar para continuar siendo aceptables.
No hay nada reprochable en disfrutar el cuidado de la piel, el problema comienza cuando el placer se convierte en obligación y la belleza, en una forma interminable de consumo.
A los 15 años, una mujer debe evitar engordar; a los 25, construir el cuerpo perfecto; a los 40, borrar el cansancio; a los 50, disimular la menopausia. Y durante todo ese recorrido debe aparentar que el esfuerzo no existe.
Siempre condenadas a agradar. Siempre examinadas. Siempre demasiado gordas, demasiado viejas, demasiado cansadas o demasiado visibles.
No se trata de afirmar que todas las personas ricas son delgadas ni que todas las personas pobres viven con obesidad. Tampoco de reducir la salud a una talla. La tesis es otra: la capacidad de transformar el cuerpo está cada vez más condicionada por el dinero.
Quienes poseen recursos acceden primero a los beneficios médicos y estéticos de la innovación; los demás reciben exactamente la misma presión, pero sin las herramientas para aproximarse al modelo impuesto.
Todas somos invitadas a sentirnos insuficientes, pero solo algunas pueden pagar la transformación. Eso es segregación sanitaria y estética.
La ciencia ha reconocido finalmente que la obesidad no es un defecto de carácter. El mercado, sin embargo, decidió que tratarla puede ser un lujo.
Hoy construimos una sociedad en la que el cuerpo vuelve a delatar la clase social: unos pueden comprar alimentos frescos, tiempo, descanso, atención médica y tratamientos; otros comen lo que alcanza, duermen cuando pueden y cargan, además, con la culpa.
Actualmente, ya no se exige solamente un peso menor, sino un cuerpo sin hambre, un rostro sin edad y una piel sin historia. Y mientras el ideal femenino siempre parece avanzar, la realidad es que se hace más estrecho.
Mientras las mujeres invierten dinero, tiempo y salud intentando caber dentro de él, la industria vuelve a enriquecerse con una inseguridad que ella misma ayudó a fabricar.
Y entonces la pregunta ya no es solamente quién puede adelgazar, sino por qué hemos aceptado que hasta la posibilidad de cuidar, transformar y habitar el cuerpo dependa de cuánto dinero haya en el bolsillo.
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