Ayer, el mapa electoral de Estados Unidos cambió de color y el azul demócrata avanzó incluso en territorios donde el Partido Republicano parecía tener raíces imposibles de arrancar; Texas, bastión conservador durante décadas, eligió a una gobernadora demócrata y envió al Senado a James Talarico, mientras los demócratas conquistaron el control de ambas cámaras del Congreso.
No fue una elección presidencial, pero el mensaje tuvo el peso de un veredicto nacional: los votantes le quitaron a Donald Trump el respaldo legislativo para gobernar sin contrapesos y dejaron claro que su segundo mandato no tiene un cheque en blanco.
La victoria demócrata les permitirá bloquear iniciativas, revisar nombramientos e investigar a la administración, justo cuando al presidente todavía le quedan dos años en la Casa Blanca.
En esa corriente, los jóvenes fueron una fuerza decisiva, pues de acuerdo con los primeros datos de la encuesta electoral de SSRS para CIRCLE, de la Universidad Tufts, estiman que 71 por ciento de las personas de 18 a 29 años votó por candidatos demócratas a la Cámara de Representantes, frente a 25 por ciento que respaldó a republicanos; el apoyo juvenil a los demócratas fue el más amplio registrado por esa medición en una elección nacional.
Ese voto no se explica con una sola consigna: la guerra con Irán, las acciones de ICE, el costo de la vida, la corrupción y la preocupación por la democracia formaron parte del clima que llegó a las urnas; la encuesta de AP encontró que la economía y el estado de la democracia encabezaban las preocupaciones, mientras que análisis previos del voto joven registraron una fuerte motivación para oponerse a Trump y sus políticas.
El mensaje de una parte de esa generación fue contundente: no quiere que la dureza migratoria, la guerra ni el retroceso de derechos se conviertan en el precio inevitable de vivir en Estados Unidos.
Y entonces ocurrió Texas. Gina Hinojosa derrotó al gobernador republicano Greg Abbott y Talarico ganó la contienda senatorial frente a Ken Paxton, en una sacudida que alcanzó otros cargos estatales y mostró que ni siquiera la maquinaria republicana tiene asegurado el voto de quienes durante años consideró suyos. Los primeros análisis de CIRCLE estimaron que 73 por ciento de los jóvenes texanos votó por Hinojosa y 76 por ciento por Talarico.
Tampoco bastaron los millones. Elon Musk invirtió más de 160 millones de dólares en la contienda senatorial de Texas, según The Wall Street Journal, para respaldar a Paxton y atacar a Talarico; el dinero llenó pantallas y ondas de radio, pero no pudo comprar la confianza ni borrar el hartazgo que ya se había instalado entre los votantes.
La lección no es que Texas haya dejado de ser conservador de una noche a otra, sino que hasta los estados más republicanos pueden cambiar cuando una mayoría siente que su vida cotidiana, sus derechos y sus posibilidades están en juego.
El tsunami azul no convirtió automáticamente a cada votante en demócrata: convirtió la elección en una oportunidad para poner límites.
Ahora viene la resaca, los demócratas tendrán que demostrar que entendieron el mensaje y que pueden convertir la protesta en resultados sobre precios, salud, empleo y protección de derechos; ganar el Congreso es abrir una puerta, no cruzarla por el pueblo. Y Trump, ante un Congreso que ya no controlan sus aliados, tendrá que gobernar con oposición organizada y bajo el escrutinio de millones de personas que ayer usaron el voto para decir: hasta aquí.
El dinero puede comprar anuncios, las campañas pueden inundar las redes y el poder puede intentar imponer su relato, pero una ciudadanía que decide participar todavía tiene la última palabra. Ayer, esa voz cruzó el mapa y recordó que ninguna fortaleza política es inexpugnable cuando la gente encuentra razones para salir a votar.
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