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Thursday, October 22, 2026
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Tolerancia cero en su máxima expresión, prohibido discernir

En un mitin político en Youngstown, Ohio, dentro de la multitud y las banderas, una mujer decide ponerse de pie. No lleva un arma ni lanza insultos desmedidos, su protesta es silenciosa y utiliza una simple camiseta impresa con una petición directa: “Release the Epstein files” (Liberen los archivos de Epstein). La respuesta no tarda en llegar, un seguidor del presidente Donald Trump la increpa, la empuja y la golpea en el rostro. Entre varios asistentes la zarandean violentamente mientras parte del público vitorea y corea al unísono “USA, USA”. La policía interviene de inmediato, pero no para arrestar al agresor, sino para llevarse detenida a la víctima golpeada. Desde el estrado, el propio líder atiza el fuego calificándola de escoria pagada por la izquierda e incluso ridiculiza su sobrepeso, un dardo irónico viniendo de un hombre de 80 años con su propia contextura física.

Lo sucedido en Ohio trasciende la simple crónica de la intolerancia política. Revela un engranaje psicosocial profundo y sumamente peligroso. ¿Cómo es que un grupo de ciudadanos comunes termina celebrando un acto de agresión física contra una persona indefensa en pleno espacio público?

La deshumanización y el refugio en la coartada social

Para comprender por qué la multitud reacciona con euforia ante un puñetazo, la psicología social ofrece claves importantes. El doctor Armando Rodríguez Pérez, investigador y catedrático de Psicología Social en la Universidad de La Laguna (España), junto a sus colaboradores (2006), investigaron cómo reaccionamos cuando percibimos que nuestro grupo de pertenencia (el endogrupo) se encuentra bajo amenaza. Los autores demostraron que, ante una situación que se interpreta como un ataque, las personas activan un proceso de infrahumanización hacia el opositor (el exogrupo), privándolo de las cualidades y sentimientos propiamente humanos.

Rodríguez y colaboradores (2006) explicaron que en situaciones donde la narrativa es manipulada o ambigua, las personas encuentran una coartada social. Cuando el líder etiqueta a la manifestante como una “enemiga pagada” o “escoria”, elimina la norma social básica que prohíbe golpear a alguien. La masa deja de ver a una mujer ejerciendo su libertad de expresión y pasa a ver un agente externo que amenaza su causa. La agresión física deja de ser percibida como un delito cobarde y se transforma, a los ojos de la muchedumbre, en un acto patriótico de defensa comunitaria.

La trampa del esencialismo y el mito de la mayoría

A esta deshumanización se suma otro fenómeno, el esencialismo psicológico. El psicólogo e investigador chileno Jorge Vallejos Hernández, integrante del Centro de Estudios en Psicología Social de la Universidad de Magallanes, junto a sus colaboradores (2015), señalan que el esencialismo es la tendencia a creer que los grupos sociales poseen una “esencia” inalterable y profunda. En su investigación, Vallejos y colaboradores (2015) observaron que los grupos que ostentan o perciben una posición de poder y gran sentimiento de pertenencia fortalecen estas creencias esencialistas para blindar su identidad frente al cambio social. Al considerar que los suyos representan la verdad indiscutible y que los opositores son una amenaza biológica o moral para el movimiento, cualquier disidencia es vista como una plaga que debe ser erradicada.

Sin embargo, esta demostración de fuerza desmedida suele esconder una profunda fragilidad. Paralelamente al incidente de violencia, la periodista Emily Davies publicó en la red social X una fotografía del evento acompañada del mensaje: “Hay secciones completamente vacías en el recinto donde Trump está celebrando actualmente un mitin en Youngstown, Ohio”. La imagen de gradas vacías cubiertas con lonas contrasta directamente con el discurso del magnate de que sus eventos están abarrotados de forma histórica.

Aquí cobra un sentido vital la teoría del célebre psicólogo social Serge Moscovici sobre la influencia de las minorías. Moscovici planteó que una minoría no necesita ser numéricamente mayoritaria para imponer su agenda o dominar el espacio público, le basta con mantener un comportamiento sumamente consistente, ruidoso, rígido y extremista. Un grupo reducido pero radicalizado, al imponer su discurso con agresividad y ocupar el escenario mediático, genera la ilusión de ser una gran mayoría imbatible, sometiendo por el miedo a la verdadera mayoría moderada.

El peligro de la impunidad: ¿qué harán en privado si esto hacen frente a las cámaras?

El aspecto más inquietante de lo ocurrido en Ohio no es solo el golpe, sino la inversión de la justicia. Que la víctima termine bajo custodia policial mientras el agresor regresa a su asiento vitoreado por la masa envía un mensaje devastador: la violencia política contra el adversario no solo es impune, sino que está institucionalmente protegida.

Si esto es lo que un grupo radicalizado se atreve a hacer a plena luz del día, frente a decenas de cámaras de televisión y transmisiones en vivo, cabe preguntarse con legítimo temor: ¿de qué serán capaces en privado? ¿Qué ocurrirá cuando las agresiones no se den en un pabellón iluminado, sino en las calles, en las urnas o en la oscuridad de la noche?

Cuando la cabeza de un Estado o una importante figura pública enfatiza el odio en lugar de llamar a la calma, la violencia se desborda inevitablemente. La falta de consecuencias legales y la validación desde el estrado actúan como luz verde para los grupos supremacistas y de extrema derecha. 

Cabe recordar que el propio Marcelo Ebrard, durante su gestión como secretario de Relaciones Exteriores de México bajo el mandato del expresidente Andrés Manuel López Obrador, advirtió con firmeza que el supremacismo blanco representa una de las amenazas extremistas más letales y con mayor capacidad de generar atentados mortales en la región.

Esta no es la primera escena de violencia ni el primer intento por callar la disidencia mediante la fuerza institucional y física. Hace unos meses fuimos testigos de cómo al exmarine y candidato al Senado Brian McGinnis le rompieron el brazo y fue sacado con lujo de violencia tras irrumpir en el Congreso para protestar contra la intervención y la guerra en Irán.

Si las instituciones permiten que la disidencia sea callada literalmente a puñetazos, si la policía detiene al agredido para complacer a la masa y si la retórica del odio sigue sustituyendo al debate democrático, el tejido social se romperá de forma irreversible. La violencia impune nunca se detiene por sí sola; se expande hasta que la sociedad civil y la ley deciden ponerle un alto definitivo.

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Alfonso Ortiz
Alfonso Ortiz
Es estudiante de la Licenciatura en Psicología por la Universidad Nacional Rosario Castellanos (UNRC). Está interesado en la investigación del comportamiento social, la psicología organizacional y el impacto de los fenómenos de masas en la dinámica colectiva.