Hay una pregunta que empieza a recorrer México como murmullo de cantina, grito de estadio y plegaria familiar frente a la televisión: ¿Y si sí?
¿Y si esta vez no es la ilusión de siempre? ¿Y si esta vez no se trata solo del entusiasmo de un país anfitrión? ¿Y si, por una vez, la esperanza mexicana no está construida sobre promesas, sino sobre resultados?
México cerró la fase de grupos de la Copa Mundial 2026 con tres victorias, nueve puntos y ningún gol en contra. Le ganó 2-0 a Sudáfrica, 1-0 a Corea del Sur y 3-0 a República Checa. Tres partidos, tres triunfos, tres porterías intactas.
Para una selección acostumbrada a vivir entre la fe y la frustración, el dato pesa como historia.
El Tri no solo avanzó a los dieciseisavos de final. Lo hizo como líder de grupo, con autoridad, sin sobresaltos mayores y con una defensa que, por ahora, parece haber dejado atrás esa vieja costumbre mexicana de sufrir hasta el último minuto.
Y eso, en un Mundial jugado en casa, no es poca cosa.
Porque México conoce demasiado bien el sabor de la esperanza rota. Lo probó en 1994, cuando cayó ante Bulgaria en penales. En 1998, cuando Alemania le dio la vuelta. En 2002, cuando Estados Unidos lo eliminó en una herida que todavía arde. En 2006, con aquel golazo de Maxi Rodríguez que sigue doliendo como si hubiera sido ayer.
También lo vivió en 2010 contra Argentina, en 2014 con el “no era penal” ante Países Bajos y en 2018, otra vez frente a Brasil. Siete Mundiales seguidos llegando a octavos y siete veces quedándose a las puertas del famoso quinto partido.
Luego vino 2022, el golpe más seco: México ni siquiera superó la fase de grupos en Qatar, rompiendo una racha que había durado casi tres décadas.
Por eso esta Copa se siente distinta. No porque México ya haya ganado algo definitivo. No porque el camino esté resuelto. No porque el futbol mexicano haya dejado atrás todos sus problemas estructurales en apenas tres partidos. Pero sí porque, por primera vez en mucho tiempo, la ilusión no nace solo del deseo.
Nace de una selección que gana. Nace de una portería en cero. Nace de un equipo que no se descompone cuando el partido se pone incómodo. Nace de un país que mira la tabla y, por una vez, no necesita sacar calculadora.
México ha tenido grandes momentos mundialistas. En 1970 y 1986 llegó a cuartos de final, sus mejores actuaciones históricas, ambas como anfitrión. En ambos torneos, el país sintió que el futbol podía ser más que fiesta: podía ser destino.
Cuarenta años después del Mundial de 1986, la pregunta vuelve a aparecer.
¿Y si sí?
¿Y si esta generación logra cruzar la frontera que tantas otras no pudieron? ¿Y si el quinto partido deja de ser fantasma y se convierte en punto de partida? ¿Y si el Estadio Ciudad de México, antes Azteca para la memoria sentimental del futbol, vuelve a ser escenario de algo más grande que una buena fase de grupos?
La gente ya lo siente, se nota en las calles, en los balcones, en las camisetas que aparecen desde temprano en el Metro, en los niños que ahora sí creen sin pedir permiso, en los adultos que intentan no emocionarse demasiado porque ya conocen la historia, pero igual sonríen cuando nadie los ve.
México no está celebrando solo tres victorias, está celebrando la posibilidad de reconciliarse con su selección.
Durante años, el Tri fue una mezcla de amor y reproche. Se le exigía porque se le quería. Se le criticaba porque dolía. Se le acompañaba incluso cuando desesperaba. Pero ahora hay algo diferente: una calma extraña, una seguridad nueva, una forma de ganar que no parece accidental.
La portería en cero se ha vuelto símbolo. No recibir goles en una fase de grupos mundialista no es solo un dato defensivo. Es una declaración. Es decirle al resto del torneo que México no solo quiere jugar bonito, no solo quiere emocionar, no solo quiere ser anfitrión amable. Quiere competir. Y competir en serio.
Claro que vendrán rivales más duros. Claro que la eliminación directa no perdona. Claro que un mal despeje, una desconcentración o una noche torcida pueden romper cualquier sueño. El Mundial es hermoso precisamente porque no respeta narrativas.
Pero México ya hizo algo fundamental: obligó a su gente a creer otra vez.
Y eso, para una afición que ha cargado durante décadas con derrotas memorables y frases malditas, es casi una revolución emocional.
La pregunta está ahí, flotando sobre el país entero. En el Ángel de la Independencia, en el Zócalo, en Guadalajara, Monterrey, Tijuana, Los Ángeles, Chicago y cualquier lugar donde haya una bandera mexicana colgada en una ventana.
¿Y si sí? No como soberbia. No como sentencia. No como promesa. Sino como ese pequeño temblor que aparece cuando el futbol, de pronto, deja de parecer una condena y vuelve a parecer un sueño posible.
México ganó tres partidos sin recibir gol. México hizo historia. Y ahora, por primera vez en mucho tiempo, la esperanza no suena ingenua. Suena a Mundial.
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