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lunes, octubre 3, 2022
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El infierno de volar por Copa Airlines y el calvario de cruzar migración en Panamá

Las manos con guantes de látex de la mujer en uniforme pasan sobre mis senos hinchados de producir leche a diario. «Dese la vuelta», me indicó la mujer. Y sus manos vuelven a pasar por mis nalgas y entre mis piernas. Me tratan como a una delincuente. Mi «crimen» fue llevar mi hijo al baño en el aeropuerto de Panamá. Absolutamente indignante y degradante, el trato inhumano de migración en Latinoamérica y de Copa Airlines a sus clientes.

Ya lo saben todos los que viajan, check-in, sellito de migración y paso por seguridad. Quienes viajan con niños entienden la monserga que resulta de pasar la pañalera, la mochila con juguetes, la carriola, la maleta y, en nuestro caso, el equipo fotográfico por los rayos x. Es difícil, por decir lo menos, y es tan complicado que el hecho de que nos permitan pasar por una fila «especial» no es para felicitar a nadie, es un derecho.

Pasamos la seguridad conocida para entrar a las salas de abordaje del aeropuerto y, para mantener a la criatura hidratada y feliz enseguida compramos la botana para el viaje acompañada de unas latas de agua de coco y jugo para ver películas con nuestro hijo, plan favorito de la familia.

Sala 128 indica la pantalla gigante tras pasar el acceso de seguridad. Falta media hora para abordar, así que tomamos precauciones y nos acercamos con tiempo, todo siempre lleva más tiempo con un niño y una bebé. 

La sala se encuentra rodeada de una cinta azul que dice Copa Airlines con letras blancas, la sostienen unos tubos metálicos y está puesta explícitamente para obligar a las personas a pasar por un segundo filtro de seguridad exclusivo para nuestro vuelo. Somos los primeros en llegar y en seguida nos indican que no podemos pasar líquidos, que posiblemente hagan una excepción por cargar con una bebé de tres meses. Mi compañero y yo nos miramos, ya sabemos lo que viene. 

Nuestro hijo le da unos tragos a su jugo, el cual se va casi entero a la basura. Nos tomamos un agua de coco entre los adultos parados en la fila de la sala, la segunda se queda en la bolsa.

En primera instancia me río de lo absurdo de no permitir líquidos, pues bien podría dejar mis jugos en el suelo, por «fuera» de la sala acordonada y yo tomarlos desde «adentro». Los pies dentro de la sala y la cabeza en el pasillo. Es ridícula, de entrada, la exigencia.

«Señorita, esa agua no es para el bebé y lo sabe», me señala con autoridad la uniformada con la lata de agua cerrada acabada de comprar a pesar de que le dije que tenía bebé.

Me quedé con muchas ganas de responderle: «¿Usted qué sabe qué le doy a mi bebé?». 

¿Con qué cara nos exigen que nos encerremos en una sala acordonada por una cinta de tela sin líquidos, ni baños por más de una hora a esperar a que comience el abordaje y salga nuestro vuelo? 

«Traigo leche en mis senos, ¿esa también me la va a exprimir?», pienso. 

La estúpida excusa de que son vuelos a Estados Unidos, mientras los «güeros» del norte se deben reír a carcajadas de las piruetas que nos hacen pasar a los latinoamericanos. El traspatio del «gran bully» que ve para abajo con desprecio, mientras los otros se arrodillan a sonreír cuando los tratan como siempre: con la punta del pie.

Solo alcancé a decir a cuenta gotas que la que hacía leche y necesitaba hidratarse, era yo, y que eso debería ser lo suficientemente importante, pero a nadie le importa. Lamentable es que nos intenten decir que quien manda la orden es Estados Unidos. Y si fuera así, peor es que las secretarias de relaciones exteriores de los paises latinoamericanos y que el personal de las aerolíneas de dichos paises se permita pisotear. 

En principio, porque de alguna manera aceptan que la seguridad de sus aeropuertos es deficiente. Y, por lo tanto, su deber es realizar una segunda revisión. 

Copa Airlines
Foto: P360P

Para continuar, este tipo de trato inhumano corresponde a una lógica colonial reproducida en todas las esferas de las sociedades latinoamericanas, donde quien está arriba y trata peor a los de «abajo»… por pisar a los demás, los hace de alguna forma…¿mejores? Se suben al ladrillo y se marean, decimos en mi pueblo.

Ya estamos en la sala listos para abordar, nuestros ánimos se calman tras el trato degradante y, mi hijo de pronto anuncia que necesita ir al baño. Así son la maternidad y la paternidad. 

Debemos salir mi hijo y yo al baño por el acceso improvisado levantado en minutos por guardias de seguridad que no sé qué superhéroes de Hollywood se creen. 

Cintas azules que aún no se bien de qué nos protegen del pasillo en la terminal de despegue, pero cómo nos complican la vida.

Al regreso del baño, nuevamente mostrar pasaporte, boleto y quitarse los zapatos. No traía ni joyas, ni reloj, ni cartera, nada. Cateo estricto porque las luces del sensor se iluminaron. Traía los pasaportes en la mano y la uniformada, quien dedica su vida a revisar que la luz siempre este en verde cuando la gente pase, no se le ocurrió decirme que eran los pasaportes que posiblemente activaron el sensor y prefirió tocarme frente a mi hijo y en público en mis partes más íntimas, mientras yo mantenía mis brazos estirados a los lados. Como criminal. 

Al regresar a la sala le pedí un vaso con agua al empleado de Copa en monstrador. «Aquí no tengo. Se tiene que esperar al avión», indica el sujeto con toda la amabilidad de quien te mienta la madre con una sonrisa en la cara. 

Ya estábamos escarmentados mi compañero y yo de volar por Copa. La ida no fue menos terrible. 

El primer vuelo salía a la una de la mañana un lunes de agosto. De por sí volar con niños en las madrugadas resulta complicado no solo porque su sacrílega rutina se ve irrumpida, sino porque generalmente hay que cargarlos y aguantar el mal humor o alguna locura producto de la falta de sueño. 

Quince minutos antes de volar, nos avisaron que demoraba la partida. Pasaron tres horas antes de que nos avisaran que el vuelo se cancelaba definitivamente. 

Doscientas personas varadas a las 4:00 a.m. en el aeropuerto de San Francisco. Nos devolvieron la maleta documentada.

La única noticia que podían darnos era que el vuelo saldría al día siguiente y que era necesario regresar al aeropuerto a las 6:00 p.m. Corroboré dicha información por la mañana a los teléfonos de Copa, donde indicaban que siguiera las supuestas instrucciones del día anterior. 

Llegamos 5:30 p.m. al aeropuerto solo para encontrarnos con que el mostrador de Copa estaba cerrado. Ni letrero, ni nada. 

Recorrimos el aeropuerto cargando bebé, carriola, maletas, mochilas y un niño de seis años de la mano. Nada ni nadie que nos pudiera decir algo sobre el vuelo. 

Hablamos con Información, y nada. 

Hablamos con los de seguridad, y nada de certeza sobre qué hacer con la maleta. 

Todos nos referían al mismo teléfono blanco pegado en la pared el cual comunicaba al conmutador de Copa. Y, a su vez, los agentes del teléfono blanco me instruían que hablara con alguien del aeropuerto ya que el movimiento de ahí no podía resolverse por teléfono. 

Finalmente, a las 7:00 p.m., dos horas después de haber llegado al aeropuerto tarde, a una hora de que debía de salir nuestro vuelo, reconocimos a un pasajero de la noche anterior el cual seguimos para encontrar un mostrador de Copa Airlines recién abierto. Todos los demás pasajeros con la misma cara de cansados y hartos igual que nosotros, pero nadie se atreve a quejarse. Para los pocos que lo hacemos la respuesta es la misma: «descargue la aplicación y ahí solicite el reembolso de su Uber de ayer y puede meter su queja». 

Es burocrático el trámite, por decir lo menos, inhumano se acerca más a una descripción adecuada.

Así, Copa Airlines se suma a nuestra lista de aerolíneas impunes y arrogantes, por las que no volveremos a volar jamás.

Anna Lee Mraz.

Sociologist | Feminist | Writer

Twitter @AnnaLeeMraz Instagram @annaleemraz

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