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sábado, noviembre 26, 2022

Retornos

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Escucha la nota de voz de Constanza Mazzotti

Por Pablo Lock. Península 360 Press [P360P]

Me voy pa’l pueblo

Hoy es mi dia…

Solían cantar Los Panchos.

Pese a que ya estaba sentado en la sala de espera número A18 del aeropuerto con más de media hora de anticipación, habiendo pasado ya la tensión de hacer las maletas, revisado mil veces mi pasaporte y haberme registrado en el counter de la aerolínea aún seguía con esa sensación de apatía.

Y aunque trataba de forzar alguna emoción no lograba sentir el más mínimo entusiasmo. Sentía una gran decepción de sentirme así tan desganado y, es que no era poca cosa regresar a mi país después de casi 20 años.

Y es que había pasado tanto tiempo de mi vida añorando este momento, soñando despierto con estos instantes de suprema conmoción, de un delirio desmesurado y, hoy aunque me esforzaba, no lograba obtener el más mínimo entusiasmo.

Es cierto que cuando recién emigré la idea de mi regreso no era ninguna prioridad, ni un pensamiento medianamente presente, solo un lejano anhelo.

Veía a amigos, compañeros de trabajo o familiares que regresaban a sus países de vacaciones y trataba de evadir ese vergonzoso sentimiento de envidia y, en muchas ocasiones en las que me había despedido de alguien en el aeropuerto, sentía esa sensación de estar recluido en una cárcel sin barrotes.

Años planificando mentalmente cómo iba a ser mi viaje, desde el momento en que comprara los pasajes, los regalos que iba a llevar, con que ropa iba a salir del avión, si iba a avisar o no que estaba regresando. Siempre pensar en volver me alegraba y aunque estaba consciente que era una felicidad advertidamente ficticia me servía mucho para evadir mi estrés cotidiano.

Aún cuando ya había logrado una estabilidad económica relativa, los muchos años de esfuerzo me dejaron un permanente temor de inseguridad.  

Mi historia no era muy diferente a tantas otras de inmigrantes que llegan con más dudas que convicciones y que finalmente descubren que el «sueño americano» se revela como una vulgar utopía. El significado que le damos a la palabra éxito pudo bien haber sido ingeniado por algún astuto vendedor de casas.

Ya comenzaban a llamar para subir al avión y yo, sin sentir ni la más mínima emoción hasta el momento. Quizá sienta algo cuando despegue el avión, tal vez cuando aterrice el avión, o cuando anuncien que llegamos al destino. A lo mejor siento algo más allá de la fila de la aduana, al recoger mis maletas. Posiblemente cuando me llegue el aroma inconfundible de mi ciudad. A lo mejor cuando vea los brazos alzados de los del otro lado en la terminal, saludando efusivos a los que llegan. 

Pero continuaba inerte y, aunque mantenía la esperanza de sentir algo, ésta era cada vez más lejana. 

Los abrazos con los familiares, el cielo nublado, las calles mugrientas, el smog delirante y la precariedad de las casas tampoco ayudaron a causarme la tan ansiada conmoción que había idealizado por años.

Pasé por tantas calles que ya no reconocía, por lugares memorables que ahora me resultaban extraños y llegué a tantos cariños insulsos que hicieron que perdiera de una vez por todas la ilusión de hallar la tan ansiada sensación que había macerado por tanto tiempo.

De regreso a la Bahía de San Francisco, después de un mes de asueto, volví agotado de mis vacaciones, golpeado por tantos recuerdos. Tomo un taxi desde el aeropuerto y, de pronto, comienzo a respirar mejor, se desvanece mi aturdimiento y vislumbro mi casa a lo lejos. Desconcertado comienzo a sentir de nuevo, recién, la tan anhelada emoción, auténtica, genuina.

-Dad? Is that you?

Redwood City, May 2022.

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