A lo largo de la historia de la humanidad, las melodías no solo han sido una forma de entretenimiento, sino un registro vivo de quiénes somos. Incluso el filósofo Friedrich Nietzsche escribió una vez que “la vida sin música sería un error”, esta frase cobra un sentido profundo cuando observamos cómo el sonido atraviesa las barreras del tiempo, la cultura y las enfermedades del cerebro. La música es un hilo conductor capaz de reflejar luchas sociales en tiempos revolucionarios y al mismo tiempo, actuar como la última medicina para el alma cuando la memoria parece haberse desvanecido.
La música no nace en el vacío, surge en el corazón de los pueblos y acompaña las grandes transformaciones humanas. Como señala el investigador y profesor de la Universidad de Cádiz, Joaquín Piñeiro (2004), desde un enfoque histórico, la producción musical de cada época refleja los valores, los conflictos y las aspiraciones de una sociedad. Durante periodos de cambio político y luchas revolucionarias, los himnos y las canciones populares han servido como poderosos motores de unión, reclamo y memoria colectiva.
Esta capacidad de la música para registrar la evolución humana no es solo cultural, sino también biológica. Como lo señala la cadena Univisión (2013) en su reportaje llamado “Importancia de la música para estudiar la historia del hombre”, las combinaciones de ritmo y tono funcionan de forma similar a un código genético. Un equipo multidisciplinario dirigido por el psicólogo Steven Brown demostró que las estructuras de las canciones tradicionales avanzan de la mano con los cambios en el ADN de las poblaciones, registrando las huellas de los movimientos humanos a lo largo de miles de años. Así como la música preserva la historia de la humanidad, también guarda el mapa de nuestra historia individual.
En el terreno neurobiológico y psicológico, el impacto del sonido en la salud es extraordinario. Como señala la destacada investigadora en psicología cognitiva y experta en el estudio de la memoria, Soledad Ballesteros (1999), la arquitectura de la memoria humana es compleja y diversa: existen sistemas que procesan datos conscientes y declarativos, mientras que otros almacenan recuerdos prácticos y emocionales.
Frente al avance devastador de neurodegeneraciones como el alzhéimer (que daña de forma acelerada la autonomía y el lenguaje), el neurólogo Marcelo Miranda, junto con el musicoterapeuta Sergio Hazard y el especialista en sonido Pablo Miranda (2017), destacan que la música se presenta como una herramienta terapéutica accesible y sin efectos secundarios.
¿Cómo se explica que personas que no reconocen el rostro de sus propios hijos o que apenas pueden articular palabras para formar ideas simples, de repente recuerden canciones con letras completas y datos extremadamente precisos de su juventud?
La respuesta está en la propia estructura del cerebro. Como explican Miranda y colaboradores (2017), la memoria musical habita en áreas cerebrales (como el cíngulo anterior caudal y el área motora presuplementaria) que sufren un deterioro mucho menor o más tardío en comparación con las regiones afectadas por el alzhéimer. Al escuchar canciones significativas, el cerebro activa las áreas de recompensa y motivación, reduciendo el estrés y devolviendo la alerta cognitiva.
Este fenómeno no es una promesa en papel, se demuestra en los rostros de quienes lo viven. En el documental titulado “Alive Inside: La historia de Henry”, elaborado por la organización Music & Memory (2012) y disponible en YouTube, se observa a Henry, un adulto mayor que llevaba una década en un asilo, encorvado, inexpresivo y desconectado. Al colocarle audífonos con sus canciones favoritas de juventud, la transformación es inmediata y conmovedora: sus ojos se abren de par en par, se endereza, canta con pasión y, al retirarle los audífonos, recupera la capacidad de expresarse y evocar recuerdos profundos de su historia de vida.
De igual manera, en el reportaje “Alzheimer: Música para recordar” también disponible en YouTube, la cadena Teletrece (2016) documenta cómo el trabajo del musicoterapeuta Sergio Hazard y su equipo devuelve la chispa de la vida a residentes con demencia severa en Chile. Personas inmóviles comienzan a marcar el ritmo con sus pies, a bailar e incluso a articular pensamientos que sus familiares creían perdidas para siempre. La emoción que se dibuja en sus miradas y la sonrisa en sus rostros constituyen el verdadero núcleo de la calidad de vida y el bienestar humano.
Desde una perspectiva psicológica y afectiva, la música es el vehículo definitivo de vinculación emocional. Conocer la música que escuchaban nuestros padres, tíos y abuelos es asomarnos a sus vivencias, enamoramientos y nostalgias. Del mismo modo, las canciones que compartimos hoy con las nuevas generaciones se convierten en el patrimonio sonoro que les dejará nuestro recuerdo en automático para el futuro.
Propuesta e invitación
Este viaje sonoro no requiere esperar a la vejez ni a un diagnóstico médico. La música puede consolidarse en los próximos años como un tratamiento universal para el bienestar. Resulta interesante, sano y divertido realizar este experimento de amor en casa hoy mismo. No hay límite de edad. Se puede poner a un niño, a un joven o a un adolescente la canción del “opening” de esa caricatura que tanto disfrutaba de más pequeño, o escuchar con la pareja la melodía que sonaba en las primeras citas. Es genial observar detenidamente cómo se ilumina su mirada, cómo se dibuja una sonrisa instantánea en su rostro y cómo ese recuerdo específico vuelve a cobrar vida en el presente.
Hay que detenerse un instante a pensar en nuestro propio futuro. Si algún día la niebla del alzhéimer cruzara por nuestras vidas, ¿cuáles serían esas canciones indispensables que nos gustaría que nos pusieran para reencontrarnos con nosotros mismos?
Esta reflexión propone aportar a la forma en que atendemos hoy a nuestros seres queridos. Con frecuencia, caemos en el error de sentir que visitar a los mayores es una carga molesta o evitamos el encuentro bajo el prejuicio de que ya no dicen nada o simplemente están seniles. Se puede evitar caer en el aislamiento. La próxima vez que se piense que no hay nada de qué hablar con alguien de la tercera edad, se puede recurrir a la música.
Es importante acercarse a los padres, abuelos y tíos mientras se puede, preguntarles qué canciones marcaron sus vidas, cuáles bailaban en su juventud o qué melodías les emociona recordar. Construir ese puente a tiempo es un acto de profunda compasión y respeto. La música está profundamente enraizada en la naturaleza humana, aun cuando las hojas del árbol de la vida comienzan a caer, la melodía permanece intacta para recordarnos quiénes somos y a quiénes amamos.
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