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Thursday, July 9, 2026
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No fue el futbol. Fue él.

Ocurrió en Venustiano Carranza, Puebla, México. Pero pudo haber ocurrido en Houston, Los Ángeles, Chicago, Toronto o cualquier otra ciudad donde una mujer espera que el hombre que ama regrese a casa.

Mónica Hernández, de 40 años, esperaba a su pareja con la cena después del partido entre la Selección Mexicana e Inglaterra. Minutos después, de acuerdo con las autoridades, fue asesinada presuntamente por ese mismo hombre con un machete.

No, el futbol no mató a Mónica Hernández. La mató un hombre que, según los primeros reportes, regresó a casa y convirtió un hogar en una escena de feminicidio.

Y, sin embargo, cada vez que ocurre un crimen así alrededor de un evento deportivo, aparecen las mismas explicaciones cómodas: que si perdió el equipo, que si ganó, que si el alcohol, que si las drogas, que si la adrenalina del partido.

No. Nada de eso mata. Mata la violencia machista.

El futbol no crea agresores. Lo que hace es exhibir una violencia que ya existía y que encuentra en determinados contextos una excusa para estallar. Eso es precisamente lo que han advertido desde hace años ONU Mujeres, UNICEF y organizaciones especializadas: los grandes eventos deportivos pueden estar asociados con incrementos en la violencia familiar, no porque el deporte la provoque, sino porque exacerba dinámicas de control y agresión preexistentes. 

Por eso resulta tan poderosa —y tan necesaria— la campaña “La violencia contra las mujeres no es parte del juego”, impulsada en México por la Red Nacional de Refugios, junto con organizaciones de Estados Unidos y Canadá, en el contexto del Mundial de Futbol 2026. 

La campaña recuerda una verdad incómoda: mientras millones celebran un gol, miles de mujeres viven con miedo de que el silbatazo final marque el inicio de otra golpiza. 

Los datos son demoledores: una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual, la mayoría de las veces ejercida por una pareja o expareja. Eso representa alrededor de 840 millones de mujeres y niñas. 

Cada 10 minutos, una mujer o una niña es asesinada por su pareja íntima o por un integrante de su familia. En 2024 fueron 50 mil las víctimas en todo el mundo. 

Y durante los grandes torneos deportivos, diversos estudios recopilados por ONU Mujeres y UNICEF muestran incrementos de hasta 30 por ciento en las llamadas de emergencia por violencia familiar. 

Estados Unidos tampoco está exento. Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) estiman que más del 41 por ciento de las mujeres estadounidenses ha experimentado violencia física, violencia sexual o acoso por parte de una pareja íntima durante su vida. Asimismo, investigaciones citadas por organizaciones de refugios muestran que las denuncias por violencia doméstica pueden aumentar hasta 30 o 33 por ciento durante grandes eventos deportivos, incluidos torneos de futbol.

No son coincidencias. Son patrones.

Cada partido importante activa operativos de seguridad en los estadios. Se despliegan policías, ambulancias, protección civil, controles de tránsito y protocolos para cuidar a los aficionados.

¿Y quién protege a las mujeres que esperan en casa?

Mónica esperaba con la cena. Esa imagen debería perseguirnos como sociedad. Porque resume décadas de una cultura que enseñó a millones de mujeres que cuidar, esperar y sostener era parte del amor. Mientras tanto, demasiados hombres crecieron creyendo que podían controlar, humillar, golpear o matar cuando sentían que perdían el control.

No hablamos de monstruos, hablamos de hombres comunes: vecinos, compañeros de trabajo, esposos, novios, padres.

La violencia contra las mujeres rara vez comienza con un machete. Empieza mucho antes: con el insulto normalizado, con el control del teléfono, con los celos disfrazados de amor, con el aislamiento, con el miedo, con la primera cachetada que alguien minimizó diciendo: “seguro estaba enojado”.

Después vienen los minutos de silencio, las flores, las marchas, los discursos. Y otra mujer ocupa el lugar de la anterior en la estadística. No basta con indignarnos cuando ocurre un feminicidio, hay que actuar antes.

Los hombres tienen que dejar de guardar silencio frente a otros hombres. Las autoridades deben garantizar órdenes de protección eficaces, investigaciones con perspectiva de género y refugios suficientes para las víctimas. Los medios debemos dejar de narrar estos asesinatos como “crímenes pasionales”. Y como sociedad tenemos que dejar de buscar justificaciones donde solo hay responsabilidad.

Porque no fue el partido, no fue la derrota, no fue el alcohol, no fueron las drogas, fue la decisión de un agresor.

Y mientras sigamos preguntándonos qué pasó después del partido, en lugar de preguntarnos por qué tantos hombres siguen creyendo que una mujer les pertenece, seguiremos escribiendo columnas como esta.

Y seguiremos llegando demasiado tarde para mujeres como Mónica.

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Pamela Cruz
Pamela Cruz
Editor-in-Chief of Peninsula 360 Press. A communications expert by profession, but a journalist and writer by conviction, with more than 10 years of experience in the media. Specialized in medical and scientific journalism by Harvard and winner of the International Visitors Leadership Program scholarship from the U.S. government.