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miércoles, abril 24, 2024
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Como un árbol

Como un árbol
“En México nos abrazamos mucho, siempre hay un contacto físico. A mis papás, por ejemplo, los saludo de beso”. ‒Gerardo Herrera, originario del Estado de México, México.

Por Cat Bui.

“Pues, ahí están y no son más que árboles. Ellos son personas. Somos personas y no necesitaríamos entenderlos, sino solamente reconocerlos”, me dijo Gerardo Herrera cuando le pregunté de qué manera debíamos pensar de personas de culturas diferentes.

Gerardo Herrera viene de México, del Estado de México, para ser precisos, donde ha obtenido una licenciatura universitaria en comunicación y pedagogía. Su trabajo principal es como gerente de un supermercado aquí en Redwood City, pero en ratos libres trabaja como periodista. Antes de venir a los Estados Unidos en el año 2015, trabajaba como reportero y fotógrafo en México. 

Gerardo me dijo que, entre los países de México y Estados Unidos, la autoexpresión de diálogo es diferente y afecta mucho la cultura de interacción. Por ejemplo, en el caso del espacio físico, “En México, al menos de la parte donde yo vengo, nos abrazamos mucho, nos saludamos siempre, siempre hay un contacto físico. Yo a mis papás, por ejemplo, los saludo de beso”.

Sin embargo, en Estados Unidos, no hay mucha de esa cultura física, lo que fue un choque para Gerardo. 

Él aclaró que la cercanía no es algo que vea mal, solo una cosa con que tenía que ajustarse al principio de estar en este país. Este fue un ejemplo de cómo debíamos tratar a las personas diferentes: “como si fueran árboles”. Debemos aceptar las diferencias entre nosotros como cosas naturales, porque sí son.

“A veces la solución de problemas de la gente solamente es escucharlos y hablar con ellos. A veces, muchas de sus molestias, de su cansancio, solamente es que quieren sentirse escuchados”. 

A mí me parecía que él estaba hablando sobre todas las comunidades marginadas, incluyendo los inmigrantes que tienen culturas y expresiones diferentes. 

Tenemos que abrir nuestros brazos a otros para conocer sus culturas, sus experiencias, sus cansancios y sus molestias. Nuestras ramas se pueden extender no sólo a otras personas, sino al cielo, para que crezca un bosque rico con empatía y paz.

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