Contra el escandaloso retroceso en la libre elección

libre elección
Foto: Jiroko Nakamura

Hay una fotografía de la agencia Getty Images que me provoca un vuelco en el corazón y en el estómago: en una manifestación reciente —a raíz de la filtración del borrador de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos que pretende revocar un decreto que permite la libre elección de un aborto legal y seguro, vigente desde 1973 y conocido como Roe vs. Wade—, unas chicas jóvenes sostienen ganchos de alambre, de esos que se utilizan para colgar la ropa, mientras en sus cuerpos o en sus camisetas se puede leer: «Not your body», o «My body, my choice».

La imagen del gancho de alambre es poderosísima. A lo largo de la historia, muchas mujeres en todo el mundo han intentado abortar con un instrumento similar, provocándose infecciones graves que en no pocos casos llegan a convertirse en septicemias fatales. 

Justo en esto pienso al ver la imagen de Getty Images ‒que, por cierto, no tiene crédito del fotógrafo‒, y entonces regresa a mi mente El acontecimiento ‒Tusquets, 2000‒, una novela de autoficción de la escritora francesa Annie Ernaux ‒Lillebonne, 1940‒, en la que narra su experiencia al abortar en 1963, cuando era ilegal en Francia, y ella era una estudiante de 23 años de edad.

La novela de Ernaux es durísima precisamente porque en ningún momento se autocompadece de esa joven que, mientras los días transcurrían y ningún médico quería ayudarla, se trajo unas agujas de tejer de la casa de sus padres, a donde acudía de visita cada semana, y acostada en la cama de la residencia de estudiantes en donde vivía en Rouen, se introdujo una de ellas en la vagina para intentar encontrar el cuello de su útero y deshacerse de ese feto que se estaba formando dentro de ella y por el cual no sentía ningún apego.

Sin embargo, el dolor que le causó tan sólo acercar la aguja quizás a una de las paredes del útero fue tan profundo que decidió desechar ese método. 

No voy a hacer spoiler de cómo Annie logró abortar finalmente en esa Francia conservadora de hace casi sesenta años, sólo escribiré que estuvo a punto de perder la vida. Como muchas mujeres, en todo el mundo, la han perdido a lo largo de los años. 

Lo que sí puedo escribir sin temor a spoilearles El acontecimiento, es que en uno de los párrafos finales Ernaux reflexiona sobre el hecho de que el haberse practicado ese aborto le convenció, años después, de que sí quería ser madre. Y lo es. 

Por mi parte, soy madre de una joven de 17 años, que es mi mundo entero. También aborté a un segundo bebé que sabía que no iba a poder atender cómo se merecía. No estaba en una situación emocional ni económica que me lo permitiera. Mi hija lo sabe; también sabe que no fue una decisión fácil. Su hermanx tendría cerca de 10 u 11 años hoy en día, y sí, a veces todavía me duele pensar en cómo serían nuestras vidas con ella o él. Pero la mayor parte del tiempo estoy convencida de que tomé la mejor decisión.

Una mujer debe tener libre elección, es decir, puede decidir tener hjxs, abortar después de haber tenido uno, dos o más, o también no ser madre nunca, y no pasa nada. Más allá de que el Estado no tiene por qué intervenir en nuestros cuerpos —como no lo hace en los de los varones—, está el tema, importantísimo, de en quién recaen las tareas de cuidados la mayoría de las veces, y no hay duda que la respuesta es: en las mujeres.

En países como México, en el que nací y donde vivo, el Estado no sólo no nos proporciona oportunidades de empleo con un salario suficiente para mantener a más de un hijx, sino que tampoco ofrece seguridad social a quienes trabajamos como freelance. Muchas mujeres, en situaciones mucho más vulnerables que la mía —estoy consciente de mi privilegio; a pesar de todo tengo un techo donde vivir, comida en mi mesa, educación— o que la de Annie Ernaux hace casi seis décadas, no tienen la menor oportunidad de hacerse cargo, ni económica, ni afectivamente, de más de un hijx. A veces ni de uno solo.

La respuesta típicamente patriarcal a lo que acabo de argumentar es «entonces tomen sus precauciones, pero no maten a un inocente». O peor aún, «entonces no abran las piernas». Cosas que jamás constituirían argumentos en caso de que los varones pudieran embarazarse y se vieran orillados a tomar una decisión que, como he dicho, no es nada fácil ni agradable.

En La ruta de su evasión, publicada originalmente en 1949, la escritora costarricense emigrada a México, Yolanda Oreamuno, narra un episodio de violencia obstétrica en el que una mujer es obligada a parir «abrazando su dolor», sin el mínimo gesto de empatía por parte de la comadrona, hasta que muere desangrada. Estoy segura de que si cualquiera de los jueces varones de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos tuviera que vivir una experiencia así en su propio cuerpo lo pensaría dos veces antes de planear castigar legalmente a las mujeres que deciden abortar.

Leo una nota periodística según la cual en el borrador que se filtró a los medios, el juez Samuel Alito escribió que Roe vs Wade fue «un error flagrante que debe ser anulado». Me pregunto qué pensaría si fuera su vida la que estuviera en juego, no la de millones de mujeres. ¡Ah, esta actitud patriarcal de los varones con poder de creer que pueden y deben tener injerencia en los cuerpos de las mujeres!

Leo, esta vez con esperanza, otra nota periodística en la que se informa que el gobernador del estado de California, Gavin Newsom, tuiteó que tomaría medidas legales para proteger el derecho al aborto de las californianas si Roe vs Wade se revoca, como pretende la Suprema Corte.

Ya antes Newsom ha dado muestras de sensibilidad con respecto al tema. La nota de Pamela Cruz, publicada aquí en Península 360 Press Elimina California deducible y coaseguro en coberturas en casos de aborto el 23 de marzo, da cuenta de que el gobernador firmó la Ley de Accesibilidad al Aborto SB 245, para «garantizar un acceso equitativo y asequible a los servicios de aborto», y señaló también que «A medida que los estados de todo el país intentan hacernos retroceder al restringir los derechos reproductivos fundamentales, California continúa protegiendo y promoviendo la libertad reproductiva para todos». 

Mientras crece la Marea Verde en América Latina, Estados Unidos no debería retroceder en la defensa de los derechos de las mujeres. California puede ser un gran ejemplo.

Si quieres leer más textos de Irma Gallo visita: La libreta de Irma

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