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miércoles, febrero 8, 2023

Tres momentos de imaginación política en Chile y la nueva constitución

Para Mario Saavedra, pintor de Valparaíso, y Nina Avellaneda, escritora de Limache, chilenos que me obsequió la vida

Samuel Cortés Hamdan

0. Una amenaza a la voluntad popular

La Cámara de Diputados de Chile aprobó en la primera quincena de enero 2023 que sea el poder legislativo quien determine a los 24 miembros de una comisión de expertos  a cargo de elaborar una nueva constitución para el país sudamericano: doce aportados por los diputados y doce más por los senadores. 

Y, como se sabe, el diablo está en los detalles del freno al pulso popular: “para ser electo integrante de esta comisión (…) los candidatos y candidatas deberán contar con un título universitario o grado académico de, al menos, ocho semestres de duración y deberán acreditar una experiencia profesional, técnica y/o académica no inferior a diez años”, especifica la oficina de prensa del legislativo.

Dejar en manos de una comisión de especialistas la oportunidad de elaborar una nueva carta magna que sustituya la impuesta por Augusto Pinochet durante la dictadura es una traición particularmente cruel, particularmente indolente, ante las demandas populares derramadas por todo Chile durante el estallido social, iniciado en octubre de 2019 y que condujo a un primer anteproyecto, rechazado ya en plebiscito en septiembre de 2022. 

Además de cantar en unísonos populares, espontáneos, desbordados, acústicos, “El baile de los que sobran”, ese himno social de Los Prisioneros, los manifestantes del estallido social hicieron de una consigna en específico uno de los ejes más lúcidos de su demanda: “No son 30 pesos, son 30 años”, decían a las orillas del río Mapocho o colapsando la normalidad de la Alameda, en Arica o en Magallanes. Así, subrayaban con claridad sintética que los encapuchados y los inconformes no se alzaron contra una política específica y circunscrita al metro de Santiago, impulsada por el entonces presidente Sebastián Piñera —un empresario multimillonario, por cierto—, sino contra el crimen de imponer el neoliberalismo en Chile mediante una violenta mutilación arbitraria contra la democracia y un esparcimiento persistente, sistemático, del terror pedagógico, deliberadamente disuasivo, y cifrado en desapariciones forzadas, torturas y ejecuciones que perpetraron las fuerzas policiacas y militares de Pinochet durante los años que duró su autoimpuesto mandato.

No son 30 pesos, son 30 años de privatización salvaje, abandono institucional, racismo prolongado que deviene programa presidencial, gubernamental, necedad persistente, que cuaja en una desigualdad subrayada en que los multimillonarios gobiernan, pontifican y deciden mientras los jóvenes tienen que salir a las calles a exigir una oportunidad para el acceso gratuito a la educación. 

Entre tantos otros factores, el estallido social fue particularmente hermoso por su elocuencia política, que no se acotó a exigir la democratización de la cultura militar del Cuerpo de Carabineros o a problematizar a La Moneda, sino que se ensoñó en el apetito ambicioso de reconfigurar el acuerdo nacional rumbo a un futuro equilibrado entre las diversas identidades que, reconocidas por las élites o no, componen la cara chilena, la sangre de ese país del rincón del mundo. 

Es en ese contexto tan dinámico donde resulta particularmente agraviante el listado de requisitos académicos para pertenecer a la comisión de expertos (Comisión Experta en los específicos términos institucionales del legislativo), pues el problema del acceso a la educación formal en Chile es tal que inclusive el actual presidente, Gabriel Boric, surgió del movimiento político que exigía la democratización de los estudios universitarios. 

No obstante, ahora en la determinación de los parlamentarios rumbo al nuevo proceso constituyente salta la declaratoria implícitamente clasista, concretamente aislante, privativa, de que los universitarios son las solas conciencias adecuadas para entender qué futuro merece el marco constitucional chileno. Se trata de un atentado frontal contra el apetito equilibrante desde el que el estallido social pretendió la inaceptable, inconcebible ambición de que en la constitución hablen todos, no sólo los beneficiados de la desvenaja estructural.

Otro detalle importante de la nueva probabilidad constituyente es que —sean quienes sean estos expertos validados como tales por la política tradicional en un país de desigualdades salvajes, autodespreciativas, como exhiben la novela Los convidados de piedra de Jorge Edwards o la película Tony Manero, de Pablo Larraín— la ley aprobada que faculta el nuevo proceso enmarca a los participantes a suscribir ciertos principios, algunos razonables como la igualdad ante la ley y otros más bien elitistas, mañosos, confirmados en el beneficio de los estratos de siempre, o de plano con tendencias al racismo segregacionista.

En el primer caso, el de los elitismos, la Cámara de Diputados especifica que la nueva constitución estará obligada a respetar “el derecho de propiedad en sus diversas manifestaciones”: como que ninguna transformación social tendría por qué vulnerar la oda a la propiedad privada que Pablo Neruda nunca escribió pero Cristián Warnken se atrevió a perfilar en una columna de opinión, titulada “Casa del alma” y publicada el 29 de diciembre de 2022 —para más inri— en el diario El Mercurio, cómplice pinochetista. 

En el segundo caso, el de la segregación, el legislativo promete que “la constitución consagrará que el terrorismo, en cualquiera de sus formas, es por esencia contrario a los derechos humanos”, en un contexto específico en que la lucha por la dignidad mapuche ha sido sistémicamente descalificada como terrorismo tanto por la derecha de Piñera como en el mismo gobierno del presidente Boric, además de ser argumento recurrente contra la disidencia social, por ejemplo, en el vecino Perú, ahora mismo protagonista de su propio estallido social y testigo de su propia criminalización de la protesta en términos desproporcionados. 

O sea que la política tradicional en este nuevo proceso de la constitución chilena se reservará el derecho a desvirtuar y descalificar a modo la protesta indígena mientras garantiza que su elaboración quede exclusivamente en manos de los intelectuales institucionalizados. 

La actual oportunidad constituyente chilena, así, está por debajo de la imaginación lúdica de su pueblo —en el convencimiento de que el juego, elástico, siempre excede para proponer, como quien invita a unirse al baile de los que sobran—: una subrayada comunidad de poetas de cuya tradición, sugerente de oportunidades hacia nuevas realizaciones sociales, quiero destacar tres momentos concretos. 

En un momento en que el pensamiento cupular quiere suspenderla, se vuelve más necesaria la demanda de justicia articulada desde la imaginación en su arranque. 

Y en la búsqueda de posibilidades, la poesía —diversa en formas y depósitos, como las películas, las canciones, las crónicas periodísticas o las novelas— adelanta siempre invitaciones a la reconfiguración, al desmantelamiento de las obsesiones del poder, y balbucea sus ternuras contra la declaración conveniente, autoproclamada por la fuerza dominante, de que su ruta es la única persuasiva, la meramente posible, en una invitación franca a  resignarse ante la pragmática. 

Dice un filósofo también sudamericano, Enrique Dussel, que la emancipación pasa por desligarse del mandato imaginario del poder: “la liberación es posible sólo cuando se tiene el coraje de ser ateos del imperio, del centro, afrontando así el riesgo de sufrir su Poder, sus boicots económicos, sus ejércitos y sus agentes maestros de la corrupción, del asesinato, de la tortura y de la violencia”. 

Dice la verdad acumulada de los versos de nuestro continente en resistencia que declarar el desmantelamiento del sistema de vejaciones es comenzar a resquebrajarlo, como que desde hace siglos se escribe contra la normalidad instalada por despojo.

I. Vergüenza del héroe

Siempre me gusta volver a una novela espléndida del poeta Enrique Lihn —premiado en su momento por la Casa de las Américas de Cuba—: Batman en Chile, publicada en Buenos Aires por la mítica Ediciones de La Flor —nada más y nada menos que la casa editorial de Mafalda— apenas unos meses antes del golpe de Estado perpetrado el 11 de septiembre de 1973. 

La obra, pastiche valiente y burlesco insuflado del lenguaje del cómic y vertebrado desde el caricaturesco absurdo, supone una venganza simbólica contra el relato triunfal de los Estados Unidos en la región latinoamericana —eso que José Martí tuvo a bien llamar nuestra América.

Proscrito de facto por las circunstancias, reeditado en Chile no antes de 2008, 35 años después del golpe, el libro es una obra materialmente inconseguible que haríamos bien en disponibilizar para la revisión lúdica y literaria de nuestra memoria latinoamericana, pero el asunto que quiero destacar es el de la dinámica de sus propuestas. 

Lleva dos subtítulos: El ocaso de un ídolo o Solo contra el desierto rojo, y narra la travesía de un hombre murciélago enviado a Chile por la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por las siglas gringas) al inicio de la década de 1970 con un encargo sustancial: desmantelar el avance de la Unidad Popular y el gobierno democrático del presidente Salvador Allende.

De inmediato empieza en el relato de Lihn la retahíla de los absurdos: policía especializado y con ventajas técnicas incomparables, el Batman del autor de la musiquilla de las pobres esferas es más bien una conciencia pastosa tempranamente asaltada por la contradicción: habituado a contribuir con eficacia rauda al aplastamiento de dictaduras bananeras, en Sudamérica entran en conflicto su pulsión ideológica de maniatar el comunismo donde lo haya y su responsabilidad institucional de respetar el estado de derecho, pues sucede que reconoce que el gobierno de Allende no arribó a La Moneda impuesto por revolucionarios barbados con fusiles al hombro y hostilidades francas ante la Casa Blanca, sino que se configuró triunfante por la vía electoral tal vez incluso bajo reconocimiento de la Organización de los Estados Americanos (OEA), vecina más que geográfica del murciélago. 

—Quién es? —se impacientó el primer administrador de los capitales extranjeros, brazo derecho del Gran Vecino en su lucha contra el comunismo internacional e inspirador económico de la Revolución Conservadora armada clandestinamente para traer la paz a un país dividido por el resultado legal de las últimas elecciones que había entregado el poder a la minoría, esto es, al pueblo.

—Batman —fue la parca respuesta. 

Cuando los poetas devienen novelistas, pueden tender a enriquecer el espacio de enunciación con la riqueza florida de la propuesta. La sensibilidad de Lihn calculó desde la ficción lo que devendría tragedia en la realidad de la carne torturada: efectivamente, ante el avance de la democracia distributiva de los beneficios del cobre, Washington desplegó sus inconformidades contra la fea voluntad del pueblo chileno de determinarse, con tenacidad en la amenaza de desfigurarla. 

Pero, ante la desproporción de fuerzas, Lihn también ratificó la facultad desestabilizadora, rebelde, de la risa: su Batman se va disolviendo en humillaciones e incompetencias, desarticulado por el dinamismo de una evidencia que no comprende, que lo rebasa hasta aturdirlo y dejarlo obsoleto no obstante la alta tecnología de su cinturón antigravedad: asfixiado por la nitidez de los latinoamericanos eligiéndose hacia la capacidad de futuro. 

Es ahí, en la burla, en el escupitajo contra el rostro del poder, donde el escritor opera la delicia de la venganza simbólica —el placer de la reivindicación imaginativa— contra el imperialismo. 

A su sombra me atrevo a pensar que es en la literatura, en el cine, en la imaginación, en su oportunidad de sensibilidad y diálogo, en la persistente y cálida conversación anónima, en el discurso horizontal, en la superviviente, invisible y escurridiza dinámica cotidiana, donde pervivieron tanto los afectos, felpudos en sí mismos, como las figuraciones rumbo a una sociedad más equilibrada, menos transida de bota, no obstante la determinación del general en imponer un modo de vida atravesado por el alarido del temor y por la costumbre de las represiones concretas, arbitrarias, impunes, aparentemente a simple vista inapelables. 

II. Una oportunidad en la insuficiencia

Veinticinco años después de la publicación de Batman en Chile, otro escritor chileno, Ariel Dorfman, acompañaría desde la denuncia poética, periodística, narrativa, testimonial, uno de los momentos más relevantes de la historia reciente del país sudamericano: el arresto del dictador Pinochet, ejecutado en 1998 por Scotland Yard en Londres, consecuencia de una orden de aprehensión dictada por el juez español Baltasar Garzón.

Publicada desde la oficina española de la editorial Siglo XXI, también emplazada en el barrio de Copilco de la Ciudad de México, en 2002 Dorfman entregó a la audiencia una crónica que acompaña aquellos meses de la vida social chilena y que esencialmente dibuja un arco que va de la esperanza y el entusiasmo a la resignación matizada, luego de que —meses y meses de incertidumbre, apelaciones, rabia articulada desde colectivos de víctimas de la dictadura, y la fatiga de lo que se suele mentar como los ojos del mundo después— el militar se escabullera de un juicio en Europa por crímenes de lesa humanidad para aterrizar de vuelta en Santiago de Chile y, tras alegar condiciones deplorables de salud que afectaban seriamente su conciencia y su percepción del presente, la memoria y la realidad, se pusiera en pie de su silla de ruedas para abrazar a los mandos militares que lo recibieron entre aplausos, de vuelta en la patria.

La obra entrelaza el dolor íntimo del autor con los dolores íntimos, pesadillescos, de chilenas y chilenos en el interior y en el extranjero, a veces agrupados en la isla británica para arremeter contra el dictador desde el cacerolazo o la consigna, entusiasmados, confundidos, apetentes, en busca de interpretaciones para la televisión, la radio, la conversación pública. Un libro que recoge la memoria de los enfurecidos por la brutalidad de la imposición, cuya huella junta lo mismo a víctimas de Francisco Franco que de Augusto Pinochet, en un mismo sentimiento perdurado de agravio.

Pinochet murió sin ser procesado y mucho menos juzgado, en 2006. Y sin embargo, a pesar del desvanecimiento concreto de la oportunidad abierta en Londres a finales del siglo XX, no se puede decir que en su libro, titulado Más allá del miedo: el largo adiós a Pinochet, Dorfman ceda a la desesperanza. 

Por un lado, el libro es un elogio, puntual, recogido, cariñoso, fotografiado, en favor de la lucha persistente de las víctimas por alcanzar la justicia, que no renunciaron a su clamor ni tras una persecución inclemente que anuló opositores del régimen ya en Washington, Buenos Aires o el desierto de Atacama, en el norte de Chile. El autor reconoce, escuchándola, narrándola, retratándola, la voluntad persistente y la resistencia de los vejados por la bota militar y la policía secreta. 

Entre las figuraciones de vida más elocuentes de la obra destaca la del catalán Joan Garcés, por ejemplo, quien trabajó como consejero político de Allende durante los tres años de su gobierno. “Y, cuando la embajada española logró sacar a Garcés del país unos días más tarde, en los momentos en que su avión se despedía de esa tierra que había intentado una revolución sin sangre, juró que no olvidaría a su Presidente muerto ni a las demás víctimas del golpe”, una promesa de tal elocuencia que llevó al abogado a crear la Fundación Salvador Allende, según narra Dorfman, y a persistir en la investigación de rutas para que los dictadores del extranjero pudieran ser juzgados desde el poder judicial español.

“Y cuando se hizo evidente que los nuevos gobernantes del Chile recientemente democratizado eran incapaces de someter a proceso a Pinochet, los parientes de los ejecutados y desaparecidos buscaron la ayuda de alguien que ya había pasado muchas horas de su vida oyendo sus historias y dolores, anotando meticulosamente sus acusaciones, es decir, recurrieron a Joan Garcés”.

A pesar del desenlace de los hechos, en Más allá del miedo Dorfman se niega a empaquetar el desenvolvimiento del arresto de Pinochet en la decepción, decía yo, si bien Chile incumplió su promesa internacional de juzgar al dictador por sí mismo, luego de apelar el procedimiento abierto desde Londres bajo el argumento de que constituía una amenaza contra su soberanía jurídica. 

En cambio, el escritor asienta que, con sus bemoles, sus accidentes, tropiezos y francos reveses, el proceso contra el dictador, aunque inconcluso, abre pautas de oportunidad a la lucha ciudadana, política y jurídica, para evitar que los perpetradores de crímenes de lesa humanidad, en Sarajevo o en Santiago, queden impunes a lo largo del mundo, duerman tranquilos tras su respaldo estructural de beneficios elitistas para proteger a las cúpulas, de acuerdo con el criterio de la lucha de clases, y se refugien en la pasividad institucional impuesta por ellos mismos con sangre al interior de sus propias fronteras. 

“Ésa es mi predicción”, anota el autor de Para leer al pato Donald, “que los déspotas de hoy o tal vez de mañan se van a mirar en el espejo quebrado que les ofrece [Slobodan] Milosevic, que se reconocerán en los ojos asesinos y asediados de Pinochet para ver, de una vez por todas, lo que habrá de deser su destino en esta tierra”.

Algo pues, pondera, avanzaron las imaginaciones políticas de ese Chile de fin de siglo que deseaban ver al responsable de tanto dolor ser obligado a carearse con sus víctimas: consolidaron un rasguño sutil pero elocuente, una incomodidad que patenta el dinamismo de la memoria viva, una molestia digna y articulada en denuncias que seguiría fermentándose hasta brotar otra vez, 21 años después del arresto del dictador en Londres, en el estallido social de 2019. 

III. Seguir imaginando un país imaginario

Por último, ante este proceso de amenaza a la imaginación política de los chilenos que se vive en la entrega de la elaboración de la carta magna a un comité de universitarios, quiero pensar, precisamente, en Mi país imaginario, película documental de Patricio Guzmán que recoge las voces —todas sus entrevistadas son mujeres, por cierto— de las diversas protagonistas que desbordaron las calles de Chile para avanzar el sueño. 

El documentalista, formado con el francés Chris Marker, hace esencialmente un recorrido transversal por las protagonistas sociales del estallido que derivó en la configuración de una asamblea constituyente bajo la titularidad de la lingüista mapuche Elisa Loncón, también entrevistada a cuadro entre las integrantes del colectivo Las Tesis; una ajedrecista, Damaris Abarca, que devendrá integrante del primer proceso constituyente; una mujer de la primera línea en la confrontación cotidiana en las calles con los carabineros; politólogas que especulan en torno a los arraigos y posibilidades del estallido social; una brigadista de los equipos médicos en atención a manifestantes; una víctima de lesión ocular, entre otras voces.

Es justamente esta ajedrecista quien adelanta lo que ahora vivimos. Estrenada en mayo de 2022, en el marco del Festival de Cannes, dos meses después de la toma de posesión de Boric y sólo cuatro antes de la victoria del rechazo en el plebiscito de salida en la propuesta de carta magna elaborada bajo la directriz de Loncón, en la cinta esta constituyente especula que el peor escenario para el estallido social como un todo es precisamente lo que vivió Chile en ese septiembre de 2022: que se echara atrás la iniciativa.

“—¿Y qué es lo más peligroso que podría pasar ahora?”, interroga Guzmán y Abarca advierte una campaña de desprestigio contra el texto constitucional que contribuyó a elaborar, una narrativa que fomentara la victoria del rechazo. “Y nos quedemos con la constitución del dictador, para mí sería algo tremendo, eso nos podría pasar y creo que es lo más grave que podría suceder”. 

Un vaticinio funesto que devendría verdad.

La película se llama Mi país imaginario porque Guzmán confiesa que ya antes su generación —más o menos la de Enrique Lihn, justamente, quien aplastó a Batman con un hachazo latinoamericano, en sintonía con el mandato de la danza por inversión justa del mundo que aventura la poesía— imaginó a Chile, lo figuró potencial y libre, lo dotó de una entusiasta suposición de posibilidades para trazarlo mejor, para evitar las conflagraciones, las torturas, las detenciones masivas, las proliferaciones de los autoritarismos dictatoriales. “Me gusta creer que se cumpla el sueño y que el país que imaginamos se convierta en real”.

“Todo me indica que hemos llegado al final de una época, siento que empiezan nuevos tiempos”, comparte Guzmán en voz en off hacia el cierre de la cinta, en la que encuadra las piedras con las que la ciudadanía se enfrentó a los cuerpos de seguridad de Piñera: las piedras de una nueva casa, les dice el documentalista.

Tras encuadrar a Boric en su ascenso como presidente de Chile y recorrer los diferentes focos desde los que el pueblo se alzó contra Piñera y contra treinta años de neoliberalismo, Guzmán invita a disfrutar la posibilidad reservada de que el país esté de nuevo configurando su dignidad imaginaria, su modelaje primero en las ideas de lo que tendrá que concretarse en la carne, en los hechos sociales, en los devenires históricos concretos, tal cual permiten ver detalles elocuentes del proceso vivido, como el de la transformación de la Plaza Baquedano o Plaza Italia en la Plaza de la Dignidad, punto neurálgico de las protestas de octubre de 2019. 

 “Empiezo a ver un nuevo país imaginario”. 

Y sin embargo, como al Batman en Chile y al Más allá del miedo, también a Mi país imaginario lo amenaza la dureza real del estatus quo procurado, defendido por las élites. El problema actual de violencia contra las intenciones transformadoras del estallido social lo planteó mejor que nadie el movimiento Revolución Ciclista Plurinacional: “Seguiremos en las calles con la esperanza de cambiarlo todo porque aún no se ha ganado nada”, declararon en una protesta en torno a La Moneda a finales de 2022. 

Al entusiasmo lo contrapuntea la protección del beneficio convencional, malamente distribuido.

La fuerza sugerente de los poetas figura la utopía de un mundo que, en el equilibrio imaginario del discurso, en el reclamo elocuente de la enunciación, venció al imperialismo murciélago y obligó a Pinochet a responder por sus crímenes, y sin embargo queda todavía pendiente en alcanzar las consolidaciones de su figurada dignidad; o convertir, en lo posible, en canal de tránsito concreto lo que se figuró desde la propuesta poética. Desde la imaginación política que ayuda a desligarse de la obsesión del poder.
El problema está dado: el presidente Boric no objetará el nuevo proceso constitucional, los políticos institucionales no permitirán que los educados en otros modelos de conocimiento se sienten a la mesa de pensar cómo puede ser Chile y cómo podría enunciar sus nuevas voluntades políticas. Ante este escenario amenazante, tendrá que ser el pueblo chileno, nuevamente, enriquecido por la fuente de sus imaginaciones compartidas y congregadas al paso de las décadas en que persistió un agravio, quien trascienda la dificultad de los acostumbrados a ejercer el mandato, y configure las dinámicas capaces de desgarrar al enviado de la CIA hasta recordarle su lugar subordinado ante el paso de la historia, que, ya se dijo antes y mejor, es materia en manos de los pueblos, manos tan reales como imaginarias.

Batman, de acuerdo con la voz de un novelista emitida hace medio siglo, “sospechaba ya que en este último rincón del mundo su brillante trayectoria iba a sufrir un serio revés por alguna razón difícil de precisar para un superhombre de acción como él”.

Referencias

Ariel Dorfman. Más allá del miedo: el largo adiós a Pinochet. Madrid: Siglo XXI de España Editores. 2002. 202 páginas.

Enrique Dussel. Filosofía de la liberación. México: Fondo de Cultura Económica. Segunda reimpresión. 2018. 298 páginas.

Enrique Lihn. Batman en Chile: o El ocaso de un ídolo o Solo contra el desierto rojo. Buenos Aires: Ediciones de La Flor. 1973. 134 páginas.

Patricio Guzmán. Mi país imaginario. 2022. Atacama Productions, Arte France Cinéma, Market Chile. 83 minutos.

Tres momentos de imaginación política en Chile y la nueva constitución

Samuel Cortés Hamdan es un periodista mexicano nacido en 1988. Licenciado en literatura por la UNAM, ha escrito comentarios, notas y crónicas en torno al cine, libros, política y otros temas, en espacios como el Centro de Cultura Digital, la Revista de la Universidad, Sputnik News o Reforma. Cofundó junto a colegas de la escuela la revista cultural Altura desprendida. Instagram, Twitter y TikTok: @cilantrus

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