
La mañana del 10 de agosto no empezó con el retumbar festivo de las marimbas que anunciaban los treinta años del Festival Petronio Álvarez. A las 7:34 de la mañana, la tierra rugió desde las entrañas del Chocó con una fuerza devastadora de 7.4 grados. En cuestión de segundos, la geografía de Cali y del Eje Cafetero se fracturó. Lo que debía ser una cobertura del gozo afrodescendiente y la música del Pacífico se transformó, de golpe, en una crónica de cinco días entre las grietas de la tragedia, el abandono institucional y la inquebrantable dignidad popular.

El sonido del colapso y las primeras voces
En el primer día de cobertura, el aire en la Carrera 39 con avenida Roosevelt se volvió denso y gris. Un edificio habitacional se había reducido a una montaña informe de varillas retorcidas y concreto pulverizado. Entre el caos inicial, sin sirenas ni rescatistas oficiales a la vista, fueron los vecinos quienes abrieron la tierra con las manos desnudas.

A unas cuadras de allí, en la Carrera 44 y calle 5, un hombre con sangre en la cabeza y el rostro desencajado recordaba ante el micrófono los segundos en que el mundo se le vino abajo, y que seguía buscando a su perro Toby:
“El sismo empezó de izquierda a derecha y al minuto cambió de norte a sur. Sentimos desde el quinto piso una ráfaga con viento fuerte. Le dije a mi esposa que nos metiéramos debajo del marco de la puerta… cayó todo. Cuando pasó la polvareda, quedó un huequito de cincuenta centímetros y por ahí, estando todos aplastados, logramos salir. Salimos todos vivos, pero mi perrito se quedó adentro… Dios me lo bendiga, sigo buscándolo”.

Ese milagro de cincuenta centímetros coexistía con la desesperación en la Carrera 39, donde la paramédico María Eugenia Sánchez alzaba la voz en medio del desorden, ofreciendo la segunda de las entrevistas clave en medio de la humareda:
“Ayer sacamos a cinco personas, tres fallecidas y dos con vida. Hoy sacamos a dos más, pero ya sin signos vitales. Necesitamos que los constructores nos ayuden con maquinaria pesada, pie de fuerza real, guantes, linternas, catéteres y compresas. La gente de a pie es la que está rescatando”.
La fractura territorial y el grito de Julián Álvarez
Para el segundo día, la niebla de polvo comenzó a asentarse, pero la incertidumbre solo se profundizó. Las grietas en las fachadas de Cali eran visibles en casi cada cuadra de la zona sur; estructuras que no colapsaron quedaron fracturadas como piezas de dominó a la espera de un pequeño soplo y la voz de la ciudadanía organizada expuso la dimensión política del abandono. En entrevista, el activista y voluntario caleño Julián Álvarez narró la odisea vivida desde el momento del impacto:
“Estábamos en Buenaventura en un décimo piso. El temblor fue supremamente impresionante; veíamos los contenedores al frente del mar moviéndose muchísimo. Cuando supimos que Cali estaba destruida, entramos en desespero por volver. Había derrumbes, la vía estaba cerrada, pero nos colamos por veredas. Llegamos, nos pusimos ropa de trabajo y salimos a remover escombros”.

Álvarez remarcó la lacerante contradicción entre la hipermilitarización del Estado y su parálisis ante la tragedia humana:
“Para la posesión del presidente se trajeron 11 mil militares armados y se militarizó todo Cali. Hoy, en los puntos de colapso, solo estamos la población civil, el pueblo recogiendo escombros, junto a bomberos y Cruz Roja. Y para colmo, decretan toque de queda y mandan grúas de tránsito a llevarse las motos de los rescatistas. Es ridículo: en vez de favorecer el rescate, el gobierno entorpece”.
Julián también denunció la mezquindad geopolítica en la gestión de la ayuda externa y el cerco a los brigadistas mexicanos:
“Es lamentable. La ONU estaba esperando activar el llamado internacional y no lo hicieron. Solo querían permitir ayuda de gobiernos afines de ultraderecha, bloqueando a países con experiencia como México o Chile. Y lo de los Topos es tristísimo: llegaron por su cuenta, pagados por una aerolínea, y cuando van a ingresar les ponen burocracia diciendo que no tienen seguro. Es absurdo cuando los civiles estamos rescatando sin nada. Por eso estamos trabajando en desobediencia civil, tejiendo redes directas con fundaciones para entregar medicamentos y víveres donde el Estado jamás ha llegado”.

La vocación inquebrantable de Damaris en Pereira
Mientras Cali hervía en indignación política durante ese mismo tercer día, Pereira enfrentaba su propio infierno con la cifra de mortalidad más alta de la región, caminar por la zona centro evoca a una película de terror con edificios a punto de colapsar en ambos lados. Sin embargo, entre las calles destrozadas, el dolor físico no fue un impedimento para la vocación de servicio.

Damaris Juliana Rojas Peñaloza, una joven estudiante de medicina en Cuba que se encontraba de vacaciones en su ciudad natal, fue alcanzada por la furia del sismo, sufriendo severas lesiones en las piernas y el pie derecho. A pesar de sus heridas, se negó a abandonar la zona cero y se sumó a las líneas de auxilio con una entereza conmovedora:

“Actualmente me encontraba en Pereira disfrutando de mis vacaciones cuando ocurrió este terremoto y fui una de las personas afectadas, sufriendo lesiones en mis piernas y en mi pie derecho. Pero hoy quiero decir que aunque nosotros también hayamos sido afectados, seguimos en pie y en la línea de lucha, brindando todo nuestro apoyo a los damnificados de Pereira. Como nos enseñan en Cuba, debemos formarnos como médicos de ciencia y conciencia, médicos preparados para servir incluso en los momentos más difíciles. Y aunque estemos lesionados, estamos dispuestos a ayudar donde más nos necesiten”.

Estado de excepción, fusiles y resistencia popular
Para el cuarto día, las calles no vieron llegar maquinaria pesada ni brigadas médicas masivas, sino la imponente frialdad de las armas de fuego. Tropas del ejército desembarcaron en los perímetros afectados. Sin embargo, no traían palas ni picos, sino órdenes estrictas de acordonar, intimidar e impedir el registro fotográfico y periodístico. Mientras las familias continuaban escuchando golpes ahogados bajo las losas de concreto, los uniformados custodiaban las ruinas con armas de alto poder, más preocupados por acallar la protesta y ocultar la negligencia que por salvar vidas.
El contraste político no podía ser más cruel: mientras en el Chocó y los barrios populares del Valle del Cauca la población escarbaba con las uñas, las autoridades locales intentaban controlar la narrativa mediática. El alcalde de Cali, Alejandro Eder, pretendió recorrer las zonas de desastre buscando la foto oficial, solo para ser expulsado entre reclamos por una comunidad exhausta e indignada ante su ineficacia.

La dignidad insumisa de los barrios olvidados
Frente al vacío del Estado, la verdadera respuesta humanitaria nació de los sectores históricamente denostados. Los barrios más vulnerables de Cali y Pereira —habitualmente criminalizados y estigmatizados por el discurso oficial— se convirtieron en el corazón palpitante de la supervivencia.

Sin pedir nada a cambio, de las barriadas populares brotaron las Ollas Comunitarias. Familias de escasos recursos instalaron fogones improvisados en las esquinas para alimentar a los voluntarios, repartieron agua en garrafones, consiguieron insumos médicos de primera necesidad y organizaron cadenas humanas inacabables para remover toneladas de escombro. La solidaridad no se gestó en los despachos gubernamentales ni en los vecindarios acomodados, sino en las manos callosas de la clase trabajadora.

Rescate real contra el turismo de la tragedia
En el cierre de esta jornada de cinco días, las contradicciones de la respuesta internacional quedaron al desnudo sobre el terreno:

La resistencia de los Topos Aztecas: La brigada mexicana de rescate llegó a suelo colombiano costeando sus propios pasajes y herramientas. Lejos de encontrar facilidades, enfrentaron el hostigamiento burocrático, el temor a ser expulsados del país y la abierta resistencia de la Alcaldía de Cali. Pese a las trabas institucionales, los Topos abrieron socavones entre las ruinas para buscar vida donde el gobierno local pretendía meter maquinaria pesada para sepultar el rastro de su propia ineficiencia.

El “turismo de terremoto” israelí: En contraste, la delegación enviada por el gobierno de Israel protagonizó un espectáculo puramente mediático. Escoltado por cámaras y esquemas de seguridad, el contingente caminó por las zonas de colapso realizando lo que la ciudadanía bautizó con amargura como “turismo de terremoto”: posaron ante los escombros para los boletines oficiales y se retiraron sin mover una sola piedra ni aportar alivio tangible a los damnificados.

Cinco días después de aquel crujido de 7.4, el polvo empieza a asentarse sobre los escombros de Cali y Pereira, pero la fractura social queda expuesta. Esta cobertura no solo registra el impacto de un desastre natural, sino la radiografía de un régimen ausente que responde con fusiles, toque de queda y burocracia, frente a la estatura moral de un pueblo humilde que, con las manos ensangrentadas y la dignidad intacta, volvió a levantar a Colombia de entre las ruinas.
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